El tema central de este Blog es LA FILOSOFÍA DE LA CABAÑA y/o EL REGRESO A LA NATURALEZA o sobre la construcción de un "paradiso perduto" y encontrar un lugar en él. La experiencia de la quietud silenciosa en la contemplación y la conexión entre el corazón y la tierra. La cabaña como objeto y método de pensamiento. Una cabaña para aprender a vivir de nuevo, y como ejemplo de que otras maneras de vivir son posibles sobre la tierra.

martes, 14 de diciembre de 2010

Obras hidráulicas en el Renacimiento aragonés. Maestros del agua

Carlos Blázquez Herrero. Investigador de Obras Hidráulicas. Severino Pallaruelo Campo. Catedrático de Geografía e Historia

Trébede. Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura. Artículos del mes. Noviembre de 1999


El siglo XVI fue el siglo de oro aragonés en lo que respecta al arte en general y a la arquitectura en particular. En esa centuria se edificaron los más suntuosos palacios aragoneses, las mejores iglesias y los más primorosos retablos, junto con algunas de las mejores torres que podemos ver en Aragón. Pero no sólo eso: la mayor parte de las fuentes anteriores al siglo XX se levantaron en el XVI, al igual que los puentes más atrevidos y las no menos ambiciosas acequias.

Todos los estamentos sociales, en función de su capacidad económica, se embarcaron en proyectos de mayor o menor envergadura: la Diputación del Reino se ocupaba especialmente de los puentes, en tanto que la Iglesia, la aristocracia, la pequeña burguesía y las hermandades de regantes se ocupaban de construir azudes y de abrir acequias tan importantes como la Imperial, y las de Tauste o Civán 1.

En esos años, los concejos desarrollaron una actividad febril en el ámbito de las obras públicas en general. Para abaratar el precio del pan, levantaban los molinos más potentes que se habían construido nunca, aplicando, en el caso de los más ricos (Daroca, Calatayud, Tauste y Zaragoza), la novedosa tecnología del regolfo. Fue entonces cuando los concejos de toda condición, incluso soportando onerosos impuestos, se ocuparon de llevar el agua hasta las poblaciones, donde la hacían surgir mediante fuentes más o menos ostentosas, de las cuales aún queda un extenso muestrario a lo largo y ancho de Aragón. También se ocuparon de la construcción de puentes que, por hallarse más apartados de las vías principales de comunicación, no tenían otra financiación. La burguesía y la aristocracia también edificaban puentes para mejorar la vida de los habitantes de los lugares que señoreaban, y a la vez que levantaban sus magníficos palacios y casas de campo, construían jardines a los que dotaban de «pesqueras» y «burladores». Las primeras eran, en este caso, de exclusivo uso ornamental: allí donde los más ricos disfrutaban observando los peces, como en las casas de Miguel Velázquez Climent y Juan de Torrellas en Zaragoza, o las de Guillén Cleriguet o el infanzón Arnedo en Huesca.

Los burladores consistían en un conjunto de conducciones enterradas que se accionaban a voluntad de sus dueños, para bromear mojando a sus invitados, damas especialmente, con finos chorros de agua que partían desde el suelo. El único que hemos podido documentar fue el encargado por el conde de Aranda para su palacio zaragozano.


Los maestros

La mayor parte de los artífices que llegaron a maestros de obras, ocuparon un lugar de relativa importancia en la escala económico-social de la época; algunos incluso tuvieron un lugar destacado en el Aragón renacentista, como el bearnés (nacido en Castetbon) Guillén de Tuxarón, autor de las rejas de los más importantes templos de la época (iglesias del monasterio de El Escorial y de San Jerónimo el Real de Madrid, así como las dos mejores que alberga la Seo zaragozana, para las capilllas de Zaporta y D. Hernando de Aragón). También construyó molinos e ingenios diversos y colaboró en la construcción de puentes, dejando a su hijo como maestro Mayor de la Casa de la Moneda de Zaragoza. Otros no fueron tan afortunados e incluso tuvieron que huir o soportar la cárcel por no hacer frente a una fianza, al calcular mal el coste de un trabajo y no poder acabarlo. Los hubo que murieron sin apenas recursos o en la ruina, como Jaime Fanegas, una de las personas con mejor historial y reputación profesional, que, tras ganar mucho dinero en algunas obras, lo arriesgó en otras, con la mala fortuna de que sus dos últimos negocios (los puentes sobre el Ebro y Gállego) le dejaron arruinado.

Hubo otros, como Juan de Landerri, que cambiaron su trayectoria profesional, puesto que, tras comenzar como aprendiz en la talla de las sillas del coro de la iglesia del Pilar, continuó su carrera como cantero, donde llegó a ser uno de los más cualificados maestros de obras hidráulicas de la época.

Sin duda, el dato hallado en el transcurso de la investigación que puede resultar más significativo, es el hecho de que los maestros que realizaron las obras hidráulicas de mayor envergadura, se habían formado en trabajos de arquitectura. Las obras de Aracil, Landerri, Monter, Zumista y un largo etcétera que podemos ampliar a casi todos los maestros seguidos en la investigación, así lo demuestran: primero hicieron casas y templos, pero sólo cuando alcanzaron la cumbre en su carrera se dedicaron a las obras hidráulicas.

Esta madurez profesional, en los pocos casos que se había detectado, se achacó a la «vida bohemia» de los artífices y a su necesidad de ejecutar trabajos de inferior categoría para subsistir: se venía interpretando erroneamente la construcción de azudes como una tarea menor.

Avalistas

Los grandes maestros fueron personajes muy solicitados en su época, puesto que las obras hidráulicas más importantes, que requerían la inversión de cantidades ingentes de dinero, únicamente estaban al alcance de unos pocos. Esto era debido a que en aquella época no bastaba con ser buen técnico, sino que también resultaba imprescindible contar con avalistas que confiasen en el buen hacer del maestro.

Durante el siglo XVI, para contratar una obra era un requisito imprescindible depositar una fianza por el mismo valor del contrato. Por esta causa, tan sólo los más afamados constructores podían gozar de la confianza de unas personas (generalmente colegas, artesanos y comerciantes) que arriesgaban su patrimonio al avalar la obra. La contrapartida a estos fiadores es algo que no hemos logrado descubrir, pero presumimos que sería importante, puesto que, en caso de fracasar la obra por deficiente ejecución, no acabarla, o si la impericia del maestro provocaba su ruina prematura, le sería reclamada al maestro la cantidad percibida, más una indemnización.

El riesgo para los fiadores estribaba en que, generalmente, cuando un maestro contrataba una obra no disponía de bienes propios, puesto que los ocultaban en forma de ventas falsas, o trasladaban los títulos de propiedad a otro reino hasta concluir la obra y su periodo de garantía, o bien cualquier otro artificio legal. Por ello, en los escasos ejemplos hallados al respecto, casi siempre eran sus fiadores los que tenían que aportar la cantidad avalada. En caso de no disponer de ella, que era también lo habitual, se les enviaba a la cárcel hasta que, mediante donativos y limosnas, era saldada la deuda.

En este trabajo hemos localizado cerca de dos centenares de artífices que realizaron trabajos en el ámbito de las construcciones hidráulicas, desde pequeñas fuentes ornamentales a grandes puentes, azudes o molinos, siendo francamente escasos los problemas derivados del incumplimiento de algún contrato.


Los puentes

Los avances en las técnicas de edificación respecto a los siglos anteriores, junto con una situación económica especialmente brillante, motivaron la construcción de numerosos puentes. Muchos de ellos, al contrario de como se había hecho hasta entonces, no se realizaron donde la anchura del río o las características del terreno eran propicias, sino que, además de tener en cuenta lo anterior, se prestó especial atención a otras circunstancias como la seguridad y comodidad de paso, o la proximidad a poblaciones y caminos principales. Posiblemente ésta sea una de las razones por las que un gran número de ellos no haya sobrevivido al paso del tiempo y especialmente a las grandes avenidas, puesto que la buena marcha de la economía hizo que se arriesgara mucho más en su construcción.

Es interesante señalar cómo a pesar de ser varios los maestros cualificados para construir grandes puentes de piedra de nueva planta (al menos una decena), para reparar los dañados el asunto se complicaba bastante. Entre las personas con probada capacitación para estas tareas, sobresale Domingo Bachiller, maestro gascón que trabajó en las reconstrucciones de los puentes sobre el Gállego y el Ebro en Zaragoza: fue necesario irlo a buscar a Francia y entablar arduas negociaciones con él, puesto que ni en Aragón ni en Castilla encontró especialistas el concejo zaragozano.

Son muchos los puentes que se hicieron en la época, pero pocos los que han llegado hasta nosotros: de más de treinta puentes en que hemos documentado trabajos, tan sólo quedan cinco en relativo buen estado. Son: sobre el Flumen en Huesca, junto a la Escuela de Capacitación Agraria; en Villanúa sobre el río Aragón; en Alagón sobre el Jalón, bajo la autovía; San Lázaro de Calatayud, sobre el Jalón; Puente de Fanlo en Ipiés, sobre el Gállego y Arguis sobre el Isuela.

Entre los puentes desaparecidos, destaca el de Montearagón en Quicena, pero, sobre todo, los levantados sobre el Cinca en Monzón y sobre el Gállego en Zaragoza, en los que se invirtieron ingentes sumas de dinero. El primero fue destruido en el siglo siguiente a causa de la guerra de secesión catalana. En cuanto al puente del Gállego de Santa Isabel, éste no llegó a ponerse en servicio, puesto que instalando ya los pretiles una enorme avenida del río se llevó varios de sus arcos, dañó otros y dejó en seco buena parte de los restantes al cambiar el río su curso


Cubos

Sorprendentemente, no son muchos los molinos construidos de nueva planta durante el siglo XVI. Las obras localizadas se refieren, en su gran mayoría, a modificaciones en molinos ya existentes destinadas a instalar cubos en lugar de canales. (Los cubos son recipientes de cantería, a modo de pozo, que sirven para ampliar la presión del agua y por lo tanto el rendimiento del molino).

Obras de este tipo se han localizado en Zaragoza (molinos del Mosnillo, de la Sal y Talavera), Ricla (molino de Canaba o Cánova), Villanueva de Huerva (molino Viejo), Botorrita (las Herrerías), La Puebla de Alfindén, Tosos y Alagón en la provincia de Zaragoza, Castillazuelo y Puyazuelo en la de Huesca y del Cubo en la de Teruel. Entre los molinos que se levantaron de nueva planta, hemos localizado los siguientes: Suelves, Pozán de Vero y Jaca (molino de Las Caridades) en Huesca, Cosuenda, Abanto, Blesa y Gallur en la de Zaragoza y La Fresneda en Teruel.


Molinos de regolfo

Una de las sorpresas que ha deparado el trabajo realizado, ha sido la constatación documental de la existencia de unas turbinas rudimentarias, pero turbinas en definitiva, que gozaron de gran popularidad en el Aragón de la segunda mitad del siglo XVI. De la existencia de este accionamiento tan sólo se tenían noticias por su descripción en el famoso manuscrito llamado Los veintiún Libros de los Ingenios y las Máquinas 2, pero incluso se había llegado a dudar acerca de si llegaron a existir o fueron tan sólo una invención del anónimo escritor.

En el trabajo de referencia, no sólo hemos documentado minuciosamente la construcción de uno de ellos, ni más ni menos que el molino municipal de Zaragoza, sino que hemos hallado pruebas de su existencia en otras poblaciones como Calatayud, Daroca, Huerto, Pina de Ebro, Tauste y Tudela. Los molinos de regolfo permitieron aprovechar la energía disponible en los considerables caudales de algunas acequias, pero que debido a la escasa altura de salto que podían conseguir, no tenían opción alguna de instalar otro accionamiento. Por lo tanto, la aparición del sistema de regolfo hizo posible extraer la, hasta entonces, inútil energía contenida en los saltos menores de tres metros con grandes caudales.


El Canal Imperial

La historia del Canal Imperial es sobradamente conocida, sin embargo, la fuente de la que se ha partido en la práctica totalidad de los escritos, es la obra del Conde de Sástago y los informes de Badín. En el primero de ellos, la apología que se hace de Pignatelli oculta las obras realizadas en el siglo XVI, y las afirmaciones de Badín contienen inexactitudes que probablemente pretendían aumentar el volumen de las obras a realizar. En el trabajo citado, hemos obtenido importantes datos acerca de la construcción de la Acequia Imperial, aunque la documentación encontrada ha sido menor de lo esperado.

Una de las más importantes constataciones, es que, contrariamente a lo que se daba por cierto hasta ahora, el agua de la Acequia Imperial llegaba a Zaragoza en 1560, puesto que tras echarse en el Jalón frente a Grisen, era recogida por la acequia de la Almozara y conducida hasta las puertas de la capital. Así ha quedado registrado en documentos tan fiables como varias actas notariales en las que se expresa claramente el caudal aportado por la Acequia Imperial al Jalón.

A juzgar por los documentos manejados, la llegada a Zaragoza en 1568 de Juan Francisco Sitón, el ingeniero de Felipe II, estuvo ligada a la continuación de la acequia a partir del río Jalón. Sitón, junto a Guillén Bertox (maestro mayor de la acequia) se ocupó de su continuación hasta Zaragoza, mediante la construcción del sifón y su discurso por los llanos de Pinseque, en un tramo de unos cinco kilómetros a partir del citado punto. Esta acequia, conocida en Pinseque con el nombre de «Revieja», no llegó nunca a transportar agua y tampoco fue aprovechada posteriormente.


Azudes

Hace más de dos milenios que la construcción de azudes está documentada en Aragón. Desde entonces la técnica ha progresado notablemente, sin embargo, los azudes más simples continúan realizándose del mismo modo, apartando la grava del curso del río y dirigiendo la corriente hacia la toma de la acequia.

Los azudes de escollera, tampoco han sufrido cambios apreciables y, curiosamente, los más recientes azudes presentan un perfil cuyos orígenes se remontan al siglo XVI; es el azud de triple curva que podemos ver en los Veintiún Libros... y en el contrato que firmó Miguel de Betania con los monjes de Montearagón y el concejo de Huesca.

Cuando los azudes contaban con una buena cimentación y una esmerada ejecución, comprobamos que su longevidad es más que notable, como aún se puede constatar en el azud que construyeron sobre el río Aguasvivas tres de los más grandes canteros de la época: los hermanos Zumista y Sancho García de la Cueva. Estos afamados canteros fueron llamados porque las frecuentes avenidas del pequeño río desbarataban continuamente el azud. Hicieron honor a su fama y construyeron una obra tan perfecta que aún hoy podemos apreciarla en muy buen estado.

También se construyeron azudes con una técnica tan eficaz, que no sólo han llegado hasta nuestros días casi en perfectas condiciones, sino que habían sido tomados por romanos, como es el caso del azud del Pueyé en el río Vero, obra del maestro Juan de Aracil en 1576.

Esta forma de construir, al estilo de los romanos, también se manifiesta a la hora de levantar presas para riego, puesto que no parece ser que en la época estudiada tuviesen demasiado interés en cerrar directamente el paso a los pequeños o grandes ríos; sin embargo, hicieron embalses cerrando pequeñas vaguadas, y los llenaron derivando caudales desde ríos y barrancos. Así se construyeron embalses en Chimillas, Loreto y Castiliscar, con obras de importancia que se alimentaban del agua proveniente de acequias y llegaban a contener capacidades cercanas a los quinientos mil metros cúbicos. Las dos primeras (Chimillas y Loreto) están muy cerca de Huesca y almacenaban el agua que, procedente del Isuela, se tomaba mediante un azud en Nueno. La estanca de Castiliscar, en la provincia de Zaragoza, lo hacía del pequeño río de su nombre, cuyas aguas son conducidas a través de una acequia con complicada toma. Abastecimientos de agua potable

El siglo XVI se caracterizó por el interés de los poderes públicos en hacer más cómodas y bellas las poblaciones, conduciendo el agua desde los manantiales tradicionales, o haciendo nuevas captaciones hasta llevarla a los vecinos mediante largas y costosas conducciones. De la popularidad de las fuentes renacentistas, baste decir que la mayor parte de las fuentes anteriores al siglo XX que existen en Aragón, posiblemente se deban a tan generosa centuria. El modelo que siguen, salvo en fuentes ornamentales como la del Vivero en Barbastro y la de Fonz, en Huesca, o la de Bañón en Teruel, es siempre el mismo: primero, una construcción de sillería con un arco en su frente, bajo el que brotan dos o más caños; a continuación estaba el abrevadero y, por último, las aguas llegaban al lavadero. Esta misma disposición se repite en decenas de fuentes repartidas por todo Aragón y cabe la posibilidad de que fuesen «importadas» desde Cuenca por dos maestros fonteros formados en dicha ciudad y artífices de su abastecimiento de aguas: Juan Velez de Hontanilla y Juan del Camino. Fuentes renacentistas encontramos en Barbastro, Berbegal (frente a la ermita de San Gregorio), Hoz, Morilla, Barbuñales, Casbas (la fecha grabada es la de su reconstrucción), Loarre, Aguas, Alquézar, Gistain, Bolea, Labata, Huerto, Sesa, Adahuesca, Sabayés, Lascellas, Radiquero, Biscarrués y Ayerbe.

En Teruel encontramos las de Celadas, Camarillas, Cedrillas y Javaloyas. Y por último, en la provincia de Zaragoza tenemos las de Calatayud, Longares, Encinacorba, Sos, Paracuellos de la Ribera, Villarroya de la Sierra, Moros, Daroca, Miedes, Romanos, Cariñena y Ejea de los Caballeros. De entre todas las obras destinadas a conducir el agua potable a las poblaciones, destaca el abastecimiento de Teruel, obra del que quizá fuese el más completo de los constructores del siglo XVI: Pierres Vedel. Al igual que en Cuenca, las conducciones de Teruel han permanecido en servicio hasta después de mediados de nuestro siglo, aunque no así las fuentes públicas de la época, de las que únicamente perdura la existente en la fachada de la catedral. Sin embargo, se mantiene en perfecto estado el que posiblemente sea el mejor acueducto español de dicha época, el acueducto de «Los Arcos».


Otras obras

Una obra muy importante realizada en aquel tiempo, fueron los muros de contención de la localidad altoaragonesa de Biescas, que aún ahora protegen a la población de las avenidas del Gállego. Para finalizar este apresurado y superficial repaso al trabajo publicado, hablaremos de una de las obras públicas más notables y curiosas del siglo XVI: la mina de Daroca.

Se trata de un enorme túnel que sirve para evitar que en época de grandes lluvias o trombas de agua, las avenidas de un barranco discurran por la calle Mayor de la localidad zaragozana, que hasta entonces sufría periódicamente graves inundaciones. El único remedio posible a estos cíclicos desastres, era la titánica obra de hacer pasar las riadas a través de la ladera de uno de los montes que circundan la ciudad, después de ser conducidas mediante un largo muro. Este trabajo también le fue encomendado al maestro Vedel.

En 1585 el rey Felipe II visitó la mina y la atravesó completa junto con toda la corte, puesto que a pesar de su actual abandono y del desconocimiento general, ésta fue una de las mayores obras públicas europeas de su época.

La mina continúa siendo hoy día una obra sorprendente, tanto por el trabajo que supuso, como por lo espectacular del paisaje, especialmente en su salida. Pero en tanto que la ciudad de Daroca tiene un monumento al ruejo (muela de moler olivas) que, según la tradición, evitó una gran inundación, la visita de la obra resulta difícil para el viajero ocasional.

Trébede
© Cremallo de ediciones S.L. 1998.

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