El tema central de este Blog es LA FILOSOFÍA DE LA CABAÑA y/o EL REGRESO A LA NATURALEZA o sobre la construcción de un "paradiso perduto" y encontrar un lugar en él. La experiencia de la quietud silenciosa en la contemplación y la conexión entre el corazón y la tierra. La cabaña como objeto y método de pensamiento. Una cabaña para aprender a vivir de nuevo, y como ejemplo de que otras maneras de vivir son posibles sobre la tierra.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Tonino Guerra

LOS MOLINOS ABANDONADOS

Tengo que entrar un día
hasta el fondo de la cueva en la montaña
donde mana el agua que va al Marecchia
y mirarme en ella.

Tengo que ir a husmear
en los molinos abandonados
donde los carboneros con las manos negras
partían el pan caliente
y se lo comían con queso.

Allí estarán las ruedas quietas
y en las paredes las alcayatas blancas de harina,
pero el aire que mueven las mariposas
tendrá el olor del pan
y de la vida que no muere nunca.

[Traducción: Juan Vicente Piqueras]


viernes, 12 de octubre de 2018

En defensa del no hacer nada

En defensa del no hacer nada
SIMON GOTTSCHALK


Foto: Pixabay

En la década de 1950, muchos teóricos temieron que, gracias a las innovaciones tecnológicas, los estadounidenses no supieran qué hacer con su tiempo libre.

Sin embargo, hoy, como señala la socióloga Juliet Schor, los estadounidenses están saturados de trabajo, dedicandole más horas que en cualquier otro momento desde la Gran Depresión y más que en cualquier otro país occidental.

Probablemente eso esté relacionado con el hecho de que el acceso instantáneo y continuo a la red se ha vuelto casi obligatorio, y nuestros dispositivos nos exponen constantemente a un aluvión de mensajes que claman: “Urgente”, “Últimas noticias”, “Para publicación inmediata”, “Se necesita respuesta CUANTO ANTES”.

Interrumpen nuestro tiempo libre, nuestro tiempo en familia e incluso nuestra conciencia.

A lo largo de la última década he tratado de entender los efectos sociales y psicológicos de nuestras crecientes interacciones con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, un tema que examiné en mi libro El yo terminal: la vida cotidiana en los tiempos hipermodernos (The Terminal Self: Everyday Life in Hypermodern Times).

En esta era de la conexión 24/7, la perspectiva de no hacer nada puede sonar poco realista e irracional.

Pero nunca ha sido más importante.

La aceleración por la aceleración

En una era de extraordinarios avances que pueden mejorar nuestro potencial humano y la salud del planeta, ¿por qué la vida cotidiana parece provocarnos tanta ansiedad?

¿Por qué las cosas no son más fáciles?

Es una pregunta compleja. Una forma de explicar esta situación irracional es algo llamado la fuerza de la aceleración.

Según el crítico teórico alemán Hartmut Rosa, los rápidos avances tecnológicos han hecho que la aceleración se convierta en el ritmo que marca los cambios dentro de las instituciones sociales.

Lo vemos en las fábricas, donde la producción “ajustada” exige máxima eficiencia y capacidad para responder ágilmente a las fuerzas del mercado, y en las aulas universitarias, donde los programas informáticos instruyen a los maestros sobre cómo “hacer que los estudiantes completen rápidamente” todo el temario. Ya sea en el supermercado o en el aeropuerto, los procedimientos se implementan, para bien o para mal, con un objetivo en mente: la velocidad.

La aceleración como fenómeno evidente comenzó hace más de dos siglos, durante la Revolución Industrial. Pero esa aceleración se ha acelerado. Regida por objetivos poco lógicos, estimulada por su propio impulso y encontrando poca resistencia, la aceleración parece haber engendrado más aceleración, en aras de la aceleración.

Para Hartmut Rosa, esta aceleración imita misteriosamente los criterios de un poder totalitario: 
a- Ejerce presión sobre las voluntades y acciones de los sujetos; 
b- es ineludible; 
c- es omnipresente; 
y es difícil de criticar y combatir. 
La opresión de la velocidad

La aceleración descontrolada tiene consecuencias.

A nivel ambiental, extrae recursos de la naturaleza más rápido de lo que pueden reponerse y produce residuos más rápido de lo que pueden ser procesados.

A nivel personal, distorsiona la forma en que experimentamos el tiempo y el espacio. Se deteriora la forma en que abordamos nuestras actividades cotidianas, deforma el modo en que nos relacionamos y erosiona la estabilidad del yo. En un extremo lleva al agotamiento y en el otro a la depresión. Cognitivamente, inhibe la capacidad de mantener una atención continuada y la evaluación crítica. Fisiológicamente, puede estresar nuestros cuerpos e alterar las funciones vitales.

Por ejemplo, la investigación detecta, en aquellos que trabajan frecuentemente en entornos de alta velocidad en comparación con aquellos que no trabajan en esos entornos, entre dos y tres veces más problemas de salud autodiagnosticados que van desde ansiedad hasta problemas para dormir.

Cuando nuestro entorno se acelera, debemos pedalear más rápido para seguir el ritmo. Los trabajadores reciben más correos electrónicos que nunca, un número que va a más. Cuantos más correos electrónicos reciba, más tiempo necesitará para procesarlos. Se le requiere que realice esta o aquella tarea en menos tiempo, que realice varias tareas a la vez, o que dedique menos tiempo a leerlos y responderlos.

La productividad de los trabajadores estadounidenses ha aumentado dramáticamente desde 1973. Lo que también ha aumentado de forma importante durante ese mismo período es la brecha salarial entre la productividad y el salario. Mientras que la productividad entre 1973 y 2016 aumentó un 73,7%, el salario por hora lo hizo solo un 12,5%. En otras palabras, la productividad ha aumentado aproximadamente seis veces más que el salario por hora.

Claramente, la aceleración exige más trabajo, ¿y con qué fin? El día tiene un número concreto de horas, 24, y ese gasto adicional de energía reduce las ocasiones para participar en las actividades esenciales de la vida: la familia, el ocio, la comunidad, la ciudadanía, los anhelos espirituales y el desarrollo personal.

Es un círculo vicioso: la aceleración impone más estrés a los individuos y reduce su capacidad para gestionar sus efectos.

No hacer nada y “ser”

En una sociedad hipermoderna impulsada por los motores gemelos de la aceleración y el exceso, no hacer nada se equipara con el despilfarro, la pereza, la falta de ambición, el aburrimiento o el “tiempo de inactividad”.

Pero esto delata una concepción bastante instrumental de la existencia humana.

Muchas investigaciones, y muchos sistemas espirituales y filosóficos, sugieren que alejarse de las preocupaciones cotidianas y pasar tiempo simplemente reflexionando o meditando es esencial para la salud, la cordura y el crecimiento personal.

De manera similar, igualar el no hacer nada con la no productividad revela una comprensión miope de la productividad. De hecho, la investigación psicológica sugiere que no hacer nada es esencial para la creatividad y la innovación, y la aparente inactividad de una persona podría en realidad cultivar nuevos conocimientos, ideas o melodías.

Según la leyenda, Isaac Newton comprendió la ley de la gravedad sentado bajo un manzano, Arquímedes descubrió la ley de la flotabilidad mientras se relajaba en su bañera, y Albert Einstein era conocido por quedarse mirando al vacío en su despacho durante horas.

El año sabático académico se basa en la idea de que la mente necesita descansar y poder explorar para que broten nuevas ideas.

No hacer nada o, simplemente, ser es tan importante para el bienestar humano como hacer algo.

La clave es equilibrar ambas actitudes.

Levantando el pie del pedal

Dado que probablemente sea difícil pasar de un ritmo acelerado a no hacer nada, el primer paso consiste en desacelerar. Una forma relativamente fácil de hacerlo es simplemente apagar todos los dispositivos tecnológicos que nos conectan a Internet, al menos por un tiempo, y evaluar lo que nos sucede cuando lo hacemos.

Investigadores daneses descubrieron que los estudiantes que se desconectaron de Facebook durante una semana comunicaron un aumento notable en su satisfacción vital y en las emociones positivas. En otro experimento, varios neurocientíficos que realizaron un viaje por la naturaleza relataron un mayor rendimiento cognitivo.

Diferentes movimientos sociales están abordando el problema de la aceleración. El movimiento Slow Food, por ejemplo, es una iniciativa popular que aboga por la desaceleración mediante el rechazo de la comida rápida y la agricultura industrial.

A medida que avanzamos, parece que no nos paramos a examinar seriamente la razón de ser de nuestras vidas frenéticas, y asumimos erróneamente que aquellos que están muy ocupados lo están porque participan en proyectos importantes.

Promocionado por los medios de comunicación y la cultura corporativa, este credo de actividad contradice tanto aquello que la mayoría de la gente en nuestra sociedad define como “la buena vida” como los principios de muchas filosofías que ensalzan la virtud y el poder de la quietud.

El filósofo francés Albert Camus quizás lo expresó mejor cuando escribió: “La ociosidad es fatal solo para los mediocres”.

Este artículo ha sido publicado et en The Conversation


domingo, 23 de septiembre de 2018

El silencio



SILENCIO Y SUEÑO: LAS DOS NECESIDADES DE LA MENTE QUE SE HAN VUELTO LUJOS 

26 Agosto 2016 


El sueño y el silencio se han vuelto productos de lujo, siendo necesidades de la mente y el alma, lo cual nos dice mucho de la época en la que vivimos


Vivimos en un mundo donde lujos, caprichos y fantasías son transformados en necesidades por la maquinaria mediática-económica. Creemos que necesitamos el nuevo iPhone, el cuerpo de una modelo de Victoria's Secret o la vida estereotípicamente feliz de una familia moderna. Mientras esto sucede cosas que realmente sí son necesarias, como el silencio y el sueño, se convierten en carísimos lujos que sólo algunos pueden pagar o que sólo algunos tienen la estabilidad mental necesaria para recordar su importancia, inmersos en el frenesí de estímulos y estrés de la realidad actual.

La confusión en la que estamos envueltos puede apreciarse por el hecho de que hasta hace algunos años dormir poco era considerado un signo de éxito y admiración, ya que significaba que una persona estaba muy ocupada, era importante y estaba mayormente transformando su tiempo en dinero. Esto todavía puede apreciarse en ciertos ambientes urbanos competitivos, como en Tokio, donde se practica el triste fenómeno del inemuri: dormir en el trabajo como símbolo de que la persona está entregada a su labor y está permanentemente disponible, por lo cual amerita mayor responsabilidad, promoción y salario.

En los últimos años estudios científicos han mostrado que prácticamente no hay nada tan dañino para la salud en general como consistentemente descuidar nuestro tiempo de sueño. Dormir mal --y esto significa cantidad de horas pero sobre todo calidad, lo cual tiene que ver con el silencio-- es casi equivalente a asegurarse que estamos apilando un fardo de enfermedades, estrés, mal humor y bajo desempeño. Puede que algunos sean más resistentes que otros, pero si una persona simplemente no le da mucha importancia a su sueño, esto acabará costándole muy caro en términos de salud.

En esto observamos una tendencia en la que se prioriza el dinero sobre la salud, se cree que el dinero puede resolverlo todo y se legitima entonces dormir poco --o en realidad cualquier actividad-- para ganar más dinero (el cual puede redimir cualquier cosa).


Vivimos en un mundo que se rige por la economía, una economía de crecimiento infinito en la que lo fundamental es generar más ingresos pero no necesariamente generar más prosperidad. En el afán de generar más ganancias, hemos atiborrado nuestros espacios de objetos ruidosos, de tecnología que perturba los ciclos naturales y de un imperativo moral de ser productivos.

Nuestra visión económica de la realidad opera de manera predatorial, en todos lados buscando extraer valor --aunque esto signifique explotar y saquear la naturaleza-- para seguir presentando resultados de crecimiento.

Esto ha llevado a que el sistema incluso haya convertido el dormir en un producto de lujo, habiendo antes orillado a los ciudadanos a llevar una vida de estrés y alta presión, en general poco conducente del sueño, en el intento de perseguir el otro sueño: el sueño del éxito, el sueño aspiracional de tener más cosas, el sueño americano, etc.

En estos casos de dinámicas todos pierden, el único que gana es el sistema capitalista y las grandes corporaciones que son entidades abstractas, cada vez más parecidas a algoritmos que operan más allá del control humano.

Dormir bien se ha convertido en un lujo y no se han tardado diferentes empresas y personalidades en capitalizarlo. La fundadora del Huffington Post, Arianna Huffington, ha embanderado la importancia de obtener las 8 horas diarias --lo que el médico ordenó-- y ha publicado The Sleep Revolution, un nuevo libro sobre este tema. El Huffington Post predice que los salones de siesta serán tan comunes como las salas de conferencias en las oficinas corporativas.

The Guardian detecta que empieza a haber un boom de productos y servicios relacionados al sueño y a su optimización; Un lugar como YeloSpa está cobrando a los ajetreados ciudadanos de las grandes urbes 1 dólar por minuto de sueño; existen nuevos "retiros de sueño", donde se pueden pagar hasta mil dólares por un par de días de terapia; nuevas innovaciones en el mercado de los colchones y camas en lo que se empieza a llamar "performance bedding", tecnología del descanso orientada a mejorar el performance de los individuos, así como también salones de sueño como antes salones de belleza (y es que el sueño se transforma también en coeficiente de belleza)



A la par se han generado numerosas aplicaciones y gadgets, como máscaras para dormir que monitorean ondas cerebrales y estados REM, y cuyo fin es hackear el sueño ideal para presentar una ventaja competitiva al ejecutivo moderno. Todo esto está siendo vendido sobre todo bajo la rúbrica de que el sueño tiene una función esencial: mejora tu desempeño y aumenta tu producción. Así tenemos un círculo o negocio completo.

Evidentemente pocas personas pueden pagar spas para dormir, o wearable tech de 200 dólares para mejorar su sueño y no todos tienen nueve asistentes como Arianna Huffington, para así poderse consagrarse a los brazos reparadores de Morfeo... y sin embargo, pocas cosas realmente son más importantes que dormir bien.

Dormir se ha convertido en un símbolo de estatus: dormir como un bebé... o dormir como una mujer blanca de perfil socieconómico A- o A+.

Estudios muestran que los pobres duermen peor que los demás y que las personas que mejor duermen --al menos en Estados Unidos-- son las mujeres blancas de clase alta. Dormir bien no se trata solamente de tener tiempo para dormir, es también necesario estar en el espacio adecuado --por ejemplo, un barrio donde no haya mucho ruido-- e incluso tener el cuerpo y la mente adecuada: una persona sometida a alto estrés, enferma o con distintos achaques difícilmente podrá dormir bien.

Cuando esto falla, es necesario tener la capacidad de abstraerse, de relajarse y hacer silencio. ¿Pero quién tiene tiempo para mantener una disciplina meditativa que le permita silenciar el ruido del mundo y paliar la altisonante locura colectiva, así como también silenciar sus propios pensamientos interpenetrados por las cuitas mundanas?

Esto, nos dirían las personas que duermen 5 o 6 horas diarias para trabajar más y poder ahorrar para comprarse un mejor automóvil, es un lujo.

La calidad del sueño, ese intangible en el reino de la cantidad, está relacionada con el silencio, lo cual también se ha convertido en un producto de lujo, reservado para los ricos o para aquellos dispuestos a abandonar las ciudades y las sociedades modernas, eligiendo una vida modesta, aislada y tranquila si bien teniendo que sortear las incomodidades de habitar lejos del gran supermercado o el gran centro comercial que es la urbe.

Al igual que el sueño, el silencio también está siendo pasado por un branding y toda una campaña de producto de lujo. Finlandia, por ejemplo, ha centrado su campaña para atraer turistas en promoverse como un lugar donde el silencio sigue existiendo.

Sabemos que vivir en lugares ruidosos se correlaciona con todo tipo de enfermedades, dese alta presión arterial a mayor propensión a la esquizofrenia y otras enfermedades mentales. Por otro lado, estudios recientes muestran que el silencio promueve la generación de nuevas células del cerebro o neurogénesis.




El silencio es importante también para las personas que tienen un interés en crecer --pero ya no económicamente sino espiritualmente.

Un estado de silencio, paz y relajación, son los requisitos para el funcionamiento correcto de la mente y la percepción precisa de la realidad, según filosofías como el budismo. El estado natural de la mente emerge cuando se logra cultivar el silencio --sorprendentemente la naturaleza de la mente no es la agitación, la aceleración o la excitación, es una amplitud más cercana a la vacuidad.

El silencio en este sentido es lo que nos permite sentir esta vacuidad de las cosas que es descrita también como radiante y como infinita potencialidad. Paradójicamente, al ciudadano moderno la vacuidad le produce horror y estrés y rápidamente busca llenar el espacio de objetos y el silencio de ruido.

El místico Valentin Tomberg escribe en sus Meditaciones sobre los arcanos del tarot que el silencio es el punto de partida para todo camino espiritual y por ello está asociado con la carta del mago, la cual simboliza "una concentración sin esfuerzo", la cual sólo es posible una vez establecido un silencio interno.

La concentración sin esfuerzo –es decir, ese lugar en el que no hay nada que suprimir y en donde la contemplación se vuelve tan natural como la respiración y el latido del corazón– es el estado de conciencia (i.e., pensamiento, imaginación, sensación y voluntad) de calma perfecta, acompañada de la completa relajación de los nervios y los músculos del cuerpo.

Es el profundo silencio de los deseos, las preocupaciones, de la imaginación, de la memoria y el pensamiento discursivo. Uno podría decir que todo el ser se vuelve como la superficie quieta del agua, reflejando la inmensa presencia del cielo estrellado y su armonía inefable. [...]

Con el tiempo, el silencio o la concentración sin esfuerzo se vuelve un elemento fundamental siempre presente en la vida del alma... Esta “zona de silencio”, una vez establecida, es un manantial del cual uno puede tomar tanto para el trabajo como para el descanso. Entonces tendrás no sólo concentración sin esfuerzo, también actividad sin esfuerzo.




El silencio interno nos permite no sólo dormir mejor sino también soñar mejor e iniciar experimentos controlados en el mundo onírico.

Creemos que las 8 horas que dormimos, la tercera parte de la existencia, son un desperdicio. Pero además de que cumplen con una importante función de restauración de la energía, aprendizaje y regeneración celular, sólo pensamos esto porque no recordamos nuestros sueños o no hacemos nada interesante ahí. Pero son numerosas las tradiciones que han practicado algún tipo de yoga de los sueños y han considerado el tiempo del sueño como un mismo contínumm, no algo dividido de la vigilia.

La clave en este sentido parece ser también el silencio; al haber calmado los pensamientos y ruminaciones del acontecer diario, se hace más fácil entrar al sueño en un estado de calma lúcida, de observación y de integración de la experiencia (ya no se divide nuestra vida como si todas las noches bebiéramos del río Leteo).

Esto se traduce en una mayor recordación --al no tener nuestra atención cautiva en un fenómeno obsesivo-- y a veces en la posibilidad de entrar en un estado lúcido en el que reconocemos que estamos soñando y que las experiencias oníricas son generadas por nuestra mente (una comprensión que podría ser llevada también a la vigilia).

El silencio es el estado fundacional que nos permite observar los fenómenos sin identificarnos con ellos y sin olvidarnos de lo que está sucediendo en el presente, aquí y ahora. En buena medida esto es así porque entrar en silencio es similar a crear una receptividad, un espacio y una apertura en la cual caben todas las cosas y desde la cual uno no colapsa sobre un fenómeno en particular; en el silencio no existen los ruidos externos o internos (pensamientos) que capturan nuestra atención y la llevan de excursión a la distracción de nuestros conceptos y recuerdos o temores.

Desde esta "zona del silencio" puede emerger la profundidad de la mente y del tiempo. En este sentido el silencio nos coloca en el estado original, en la quietud que paradójicamente nos integra con el flujo perpetuo de las cosas, ante el vacío que es la inagotable fuente creativa. El Maestro Wáng Xiāngzhāi (王芗斋) dijo: “Moverse poco es mejor que moverse mucho; no moverse es mejor que moverse poco; moverse estando inmóvil es el movimiento de la creación”.


gracias a pijamasurf



¿Está la vida rural abocada al fracaso y la desaparición? 

2 DE SEPTIEMBRE DE 2018 


Iglesia de Huidobro (Burgos).


El titular de este post no es mío. Tan solo pongo en formato pregunta algo que el periodista y escritor burgalés Rafa Ruiz negó con emoción este verano en el pregón de las fiestas patronales de Villarcayo de Merindad de Castilla la Vieja: la vida rural no está abocada a su desaparición. Pero lo parece.

He tenido la oportunidad de acompañar un día a Rafa por el norte burgalés, por Las Merindades, una comarca más extensa que toda la vecina provincia de Vizcaya. ¡Qué soledad! Pueblos y más pueblos casi deshabitados, y eso que estábamos en agosto, cuando más vivos se encuentran. Carreteras sin automóviles, senderos infinitos sin caminantes, iglesias sin feligreses, parques infantiles (por decenas, en todas partes) sin niños.

En su pregón, el periodista se negó a hacer lo fácil, ensalzar las glorias pasadas del municipio. ¿La razón? Que cree firmemente en el futuro del mundo rural, incluso el de pueblos como el suyo, con apenas siete habitantes. 

El periodista y escritor Rafa Ruiz.


Luchar por el futuro rural

“No demos por hecho que la vida rural está abocada al fracaso y la desaparición; no es verdad, no está escrito en ningún destino”, sostiene Ruiz. Y añade:

“Nos han vendido el éxodo rural como algo inevitable del avance de la civilización, porque muchos, los de arriba, prefieren a la gente estabulada, como el ganado, en urbes bien vigiladas y controladas, mejor que gente moviéndose libre por el paisaje, hablando con lobos y montañas. Porque así somos de más fácil manejo”.

Otro párrafo hermosísimo de este pregón es el canto que hace a la naturaleza y a su ritmo pausado. A ese entorno que nos enseña algo fundamental, darle tiempo al tiempo:

“Porque aquí, en nuestro entorno, en la naturaleza, está todo, nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro, el territorio para reencontrarnos con nosotros mismos, para conocernos mejor y vivir en la confianza de las cosas bien hechas. No pongamos gris en lo verde, no lo llenemos de asfalto y hormigón, dejemos crecer la hierba y los árboles, los robles, los fresnos, los álamos y los guindos”.


Vida urbana en el mundo rural
El mundo rural, una cultura y economía anclada en el paisaje, autárquica, colaborativa, nació con el Neolítico y ha muerto a finales del siglo XX.

La vida en el pueblo es ahora tan urbana como la de cualquier capital, aunque con todos los inconvenientes de la distancia y la escasez de servicios. Al final acabas comprando en el Mercadona, como uno de Valencia, salvo que si vives en una remota localidad ese trámite te puede llevar una hora de viaje. La misma distancia para ir al médico, al banco, llevar los niños al colegio, arreglar unos papeles o comprar ropa. Demasiados inconvenientes que se unen al peor de todos ellos ¿De qué se puede vivir en los pueblos? El turismo rural nunca será suficiente.

Al final, comunidades rurales y urbanas también comparten uno de los peores males sociales de estos nuevos tiempos: el aislamiento.

Porque cada vez hay menos relación entre los vecinos, ya sean de ciudad o de pueblo; cada vez se confía más en que los problemas comunes los resolverán las administraciones y no un vecindario unido con ganas de trabajar por el bien común.

Internet nos ha conectado con el mundo, de tal manera que, como hago yo, puedes teletrabajar desde un pueblecito con la misma conectividad que si estuvieras en una oficina de la Gran Vía madrileña.

Si cuentas con buena conexión ADSL, electricidad y agua corriente sin cortes, coche propio y buena salud, no hay demasiada diferencia entre vivir en la casa de piedra de tus abuelos o en un adosado de Guadalajara. Bueno, sí que la hay. En el pueblo siempre hay y habrá mucha mayor calidad de vida




El trazo y el cero; pasajes y veredas de la imaginación creadora
18 de septiembre de 2018

Henry David Thoreau: Contemplatio naturalis y teología apofática -negativa- (I)



“Un paseo invernal” –ya dediqué una entrada a este texto- es un perfecto ejemplo de la práctica de lo salvaje, que dijera Thoreau, además de un maravilloso poema en prosa en el que se da la palabra a la naturaleza. En él mismo se nos narra una experiencia de intimidad y contacto entre hombre y naturacon el telón de fondo de la contracción, la dureza y la misteriosa belleza del Invierno;resistiendo el Invierno, sabiendo del calor interior que anima el vigor al contacto con los fríos, reconociendo la virtud y la belleza moral de estar a la altura de la prueba con un ánimo encendido… Del otro lado la fertilidad espiritual que brota; quedar abierto a la belleza natural, hacer pie en el suelo firme de lo real, acceder a la esfera del ser saliendo de la caverna…

Este contacto con lo real tendrá como fruto maduro una visión renovada –“ve lo que hay ante ti”[1]nos dirá Thoreau- en lo que él mismo denomina una sabiduría de la amanecida, una sabiduría auroral[2]; “la mañana llega cuando estoy despierto y hay en mi un amanecer”; una sabiduría en que la nocturnidad oscura encuentra su justificación y su horizonte en la “espera ininterrumpida del amanecer”. Esta capacidad de espera, según su criterio, tomará forma en la apuesta por una vida sencilla en contacto con la naturaleza. No podría ser de otro modo ya que para el sabio de Walden la naturaleza es lo verdaderamente real[3]. Dejar de lado lo superfluo y artificioso será pues la senda abierta hacia esa sabiduría de la amanecida entendida por el propio Thoreau como atención descondicionada, pura y simple, a la mera presencia de la vida. Precisamente al hilo de estas reflexiones será cuando nos enuncie su famosa cita: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida...para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido".

Como podemos constatar la buena vida, para Thoreau, es quedar abierto a lo real. Se trata de habitar conscientemente su presencia; la sucesión de los días, de las estaciones, del pasar de los años. En el poema en prosa “Un paseo invernal” nos dirá: “La corriente de un río es un maravilloso ejemplo de la ley de la obediencia, sendero para el hombre que se busca a sí mismo, ruta por la que la cúpula de una bellota puede flotar segura con su carga”. El equilibrio del hombre arraiga pues en la conformidad con lo real. En esa conformidad se sirve ese “avanzar por el único camino en el que ningún poder puede ejercer resistencia” nos dirá finalizando Walden. Thoreau, se hace evidente, no habla de obediencia a gregarismo o autoridad social alguna sino de la asunción y plena aceptación del acaecer que la vida nos va brindando. Nada nos será más necesario.

La idea de necesidad, atender a lo que nos viene dado, será decisiva. La atención a los ritmos y tiempos de la naturaleza –lo verdaderamente real- será precisamente lo que se nos haga más necesario indicándonos una cita ineludible y, al tiempo, una vía abierta a la propia plenitud. Adviértase que, en tal medida, el acaecer de lo real es lo que establece la vía y la senda del alma. En tal vía solo cabe asumir lo dado –fuera de lo real solo espera la propia alienación- y ensayar nuestra capacidad de atención. “Si respetáramos lo que es inevitable y tiene derecho a existir la música y la poesía resonarían por las calles” nos dirá el sabio de Walden. Thoreau, efectivamente, remite la gran salud del hombre a un determinado dejar ser a la vida; a la capacidad del hombre de quedar abierto incondicionalmente a lo dado, a esa aceptación de lo que la naturaleza nos va brindado en cada recodo del camino. No cabe hablar de libertad sin aceptación ni de conocimiento sin acuerdo… Lo real sana por qué es aquello para lo que el hombre es. Conocer y atender lo real es la finalidad del alma de ahí que exista una correspondencia íntima entre el sentido de lo real y el sentido de la vida del alma. Por eso el microcosmos del alma, en la atención al presente, encontrará su sentido y su vida auténtica en la escucha del macrocosmos y sus ritmos y, solo por eso, “la alegría podría consistir en vivir en el presente”[4]. No olvidemos que esta correspondencia entre el macrocosmos y el microcosmos será una vieja idea que brillará en el romanticismo, en general, y entre los transcendentalistas con especial intensidad

La contemplatio naturalis que postula Thoreau va más allá de lo que sería una mera contemplación estética por concebirse como apertura al ser y lo real; lo que orienta la misma en una perspectiva ontológica más allá del mero deleite subjetivo. Se advierte devoción en Thoreau por la naturaleza. En tal devoción arraigará el sentido que halla en el aquí el ahora. Este hallazgo invitará a una celebración muy especial en la que, precisamente, se regocijarán “aquellos que encuentran su fuente de coraje e inspiración, precisamente, en el estado presente de las cosas y lo acarician con el cariño y el fervor de los amantes”[5].Como vemos hay apelación al eros en Thoreau, dirigido hacia lo real y la vida. Al tiempo este eros desborda el mero sentimentalismo para ser unitividad de tal modo que el amante que contempla el “estado presente” de las cosas queda abierto a lo contemplado y arraigado en su propia receptividad hacia lo contemplado; su ser íntimo se revela en la plenitud a la que queda abierto. Ahí brota la eternidad. En sus propias palabras: “He estado atento para detenerme ante el cruce de dos eternidades, el pasado y el futuro, que no es sino el momento presente”[6]. Así, el tiempo se transfigura en el darse de lo eterno transparentando el fluir perpetuo de “una verdad y una belleza absolutas”[7].

En este darse de lo eterno la sucesión temporal se derrama, se desborda su propia linealidad quedando la atención concentrada en el instante que acaece y en la presencia permanente y ubicua de esa belleza absoluta. El fluir de los sucesos muestra un solo sabor no condicionado por el cambio ni por la coacción del tiempo, que todo lo acoge, y que, conmoviendo el alma, la instaura en la atención amorosa al momento presente. Las memorias del pasado y las expectativas ceden en su capacidad de embrujo; la actividad mental corriente se vacía enamorada en esa atención pura y el hombre vive un auténtico renacer y una transformación profunda. El tiempo y el cambio se transfiguran en la imagen móvil de lo que siempre es. “En la eternidad hay algo verdadero y sublime… Dios mismo se realiza en el momento presente y nunca será más divino en ningún otro tiempo. Y podemos percibir todo lo que es sublime y noble tan solo mediante la perpetua instalación e infiltración de la realidad que nos circunda”. La memoria de lo divino en la atención simple al aquí y al ahora será la cumbre a la que ascienda esa sabiduría de la amanecida o auroral de la que nos habla Thoreau.

“Tras una noche tranquila de invierno desperté con la impresión de que se me hubieran planteado algunas preguntas mientras dormía a las que en vano había estado intentado responder en sueños: ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿donde?. Pero ahí estaba la naturaleza amaneciente, en la que viven todas los seres, mirando a través de mis amplias ventanas con rostro sereno y satisfecho sin que sus labios me preguntaran nada… la naturaleza no pregunta ni responde sobre nada de todo aquello que nosotros humanos mortales planteamos”. Así comienza el capitulo “La laguna en invierno” de Walden. Atendamos a lo que dice Thoreau. El sueño son las preguntas y el parloteo mental; el despertar el silencio y la contemplación. Ahora bien, ¿quien contempla?. La actividad contemplativa parece rebasar lo meramente humano atendiendo a la esfera de sentido que reconoce. Es cierto que la mirada humana sublima poéticamente la vida, ahora bien, el hombre no es sino naturaleza y vida de tal modo que, en realidad, es la vida misma la que a sí mismo se sublima en el hombre. Nos dice Thoreau en este inspirado texto que es la naturaleza amaneciente la que mira desde sus propios ojos acogiendo todos los seres. Lo real contemplándose a si mismo… Ahí no hay parloteo hay silencio y salud devenida; hay identidad, identidad entre el alma humana y lo real; la physis de los griegos, la natura naturans de la metafísica medieval, la vida toda de Whitman, un plano de creatividad y vida que todo lo crea y acoge. La apelación a la naturaleza en Thoreau no es un mero panteísmo ni un esteticismo sino expresión de lo real y manifestación gratuita de la divinidad…

Los estados contemplativos, si bien encuentran su justificación en esta apertura a lo divino, tendrán a su base determinados temples y disposiciones internas. “Al igual que la del lago mi serenidad se riza sin llegar a perturbarse” nos dirá[8]. Thoreau, como no podía ser de otra manera, apela a los simbolismos naturales. Esta alusión a la serenidad y el temple del alma es importante. En relación al alma utiliza la misma metáfora del agua que Epicteto. La visión encendida de la amanecida del alma exigirá del temple del alma, de su propio silencio y vaciado, de un cierto dejarse de lado a uno mismo[9]. “En el azul de sus aguas no hay un solo pensamiento oscuro sino claras imágenes”[10] añadirá el sabio de Walden. Ahí, cuando las aguas del alma quedan calmas y nuestras pasiones dejan de determinarnos y mediatizarnos es cuando el alma, a partir del propio silencio interior, puede reflejar lo real fidedignamente. La mirada se enciende en ese silencio y en esa serenidad interior. Ahí, “fui consciente de pronto de la dulce y beneficiosa compañía que me ofrecían la naturaleza y el repiqueteo acompasado de las gotas y de cada sonido y cada imagen alrededor de mi casa, un amistad infinita e inefable, como una atmosfera fortificante”[11]. Siguiendo con esta metáfora natural entre alma y laguna y para indicar en el alma una esfera inalterable a la coacción del tiempo nos dirá de las aguas de Walden: “su naturaleza es inalterable”[12]; como esa apatheia de los clásicos en la que las pasiones son como meras olas sobre la superficie que, sin embargo, no alteran la naturaleza de las aguas. Esta plenitud de ser, que arraiga en la propia serenidad y templanza, convocará un entusiamo sobrenatural; el enthuosiamos[13]que decían los griegos. “El entusiasmo es una serenidad sobrenatural” nos dirá en Musketaquid[14]. El entusiasmo del que ebrio queda en la atención amorosa a lo real.


[1] Henry David Thoreau. Musketaquid. Ed errata naturae, pg 119
[2] Henry David Thoreau. Walden. pg 94 y ss.
[3] En la entrada de este mismo blog dedicada a la práctica de lo salvaje me extiendo en la identificación entre lo real y lo natural postulada por Thoreau
[4] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 323
[5] Henry David Thoreau. Walden. Ed Errata naturae, pg 22.
[6] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 2
[7] Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae ediciones. pg 168.
[8] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 137
[9] Henry David Thoreau. Diarios 22 de octubre de 1837. Thoreau vincula con la soledad ese evitarse a uno mismo entendiendo lo dicho como dejar de lado la identidad aparente que emerje en el fragor de la vida cotidiana inmerso en las convenciones sociales.
[10] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg. 145
[11] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 141
[12] Henry David thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 203
[13] Etimologicamente quedar inspirado y acogido al dios
[14] Musketaquid. Henry David Thoreau. Errata naturae Ed, pg 123.


Henry David Thoreau: Contemplatio naturalis y teología negativa (II)


Thoreau, ya lo indicábamos en la anterior entrada y primera parte de este texto, hace del vaciado de sí y del silencio interior el eje de la vida del alma. Con todo, la referencia a otro Silencio, enunciado con mayúscula, será decisiva para dejar constancia de la hondura del temple espiritual de Henry David Thoreau y, también, de su sintonía con la gran tradición metafísica de la que bebe. El sabio de Walden dedicará las últimas páginas de Musketaquid[1] a indicar una esfera que transciende la contemplatio naturalis y el reino del ser. Según su criterio el Silencio será el rompeolas que indican las palabras más excelsas haciéndolas enmudecer; esa esfera de la que nada cabe decir, en la que toda representación humana debe ser dejada de lado y de la cual la creación constituye su manifestación visible. La propia capacidad de silencio, del mismo modo a como sucedía con la contemplatio naturalis, será el reverso que prepare y convoque. Con todo, en el brindarse del gran Silencio todo será gratuidad de ahí que no dependa de acción o disposición humana alguna. Gratuidad que se brinda y acogimiento del hombre enmudecido a un Misterio sin forma que acoge toda forma. De este modo el propio enmudecimiento quedará completamente transcendido en el desvelarse enmudecedor de ese Gran Silencio.

Sobre el Silencio y su manifestación es más que notable la belleza de lo afirmado por Thoreau: “la creación no ha suplantado al Silencio sino que constituye su ordenación visible. Todos los sonidos son sus siervos y sus proveedores y no solo proclaman que su Señor es sino que es un Señor incomparable al que hay que buscar con gran tesón… Están tan vinculados al Silencio (los sonidos) que no son más que burbujas en su superficie que estallan de inmediato como prueba de la potente y fértil corriente submarina[2]”. Thoreau continuará su bella y orientada reflexión precisando que el entrechocar de esas burbujas que burbujean en la superficie del Silencio oceánico solo proclama una melodía armoniosa y absolutamente pura... Toda una lección de teología negativa y de su engarce con el plano de lo simbólico la del sabio de Walden. Por eso el Silencio será esa fons et origo totius –fuente y origen de todo-, que decían los padres de la Iglesia, del que nada cabe decir, irrepresentable e inefable; el más allá del ser al que Platón llama Bien por remitirse toda plenitud a tal esfera de transcendencia; la Unidad a la que Platón se refiere en el Parménides en tanto que significa la esfera de unificación de todo lo real; la Divina Tiniebla de Dionisio Aeropagita y de la teología negativa cristianocatólica… Más allá del ser esa potencia creadora infinita, transcendente respecto de toda forma. De este lado el ser del Silencio expresando su música y sus notas, las burbujas mecidas por el océano, las olas y su melodía…

Atendamos al realismo visionario de Thoreau y a su contemplatio naturalis -la visión iluminada es la que revela las cosas tal cual son- bien lejos de todo barroquismo visionario, a la significación metafísica de ese gran Silencio como denominador de toda la estructura ontológica, a la distinción que hace entre realidad y apariencia, a su modo de entender la iniciación como una iniciación a lo real y al ser que vendría a enhebrarse en una percepción intelectual de orden inteligible... Chesterton, del mismo modo que hace con William Blake, no dudaría en adjudicarle con sentido una vecindad estrecha con el cristianismo católico[3] y con su tradición metafísica. Por otro lado también se hace evidente su cercanía con lo más granado del puritanismo en su modo de entender el dominio de sí como perfección moral –aunque no por ello dejará de entenderlo como una ascética y no como un fin en sí mismo; lo que matiza ese puritanismo-. Al tema del dominio de sí y del cuerpo, al de los sentidos y al de la percepción intelectual dedicaré la próxima entrada centrada en Thoreau que será la última de la serie.

Más allá del debate, por lo demás interesante, sobre sus filiaciones religiosas y su sensibilidad espiritual, queda el amor que se reveló a Thoreau, la verdad que le fue desvelada y la memoria de sí que promovió. Esta es mi hora natal,/ ahora estoy en la flor de la vida./No pondré en duda el amor inmenso/ que me cortejó de joven,/ que me corteja de viejo/ y que me ha traído hasta esta noche”[4] nos dirá Thoreau. Un amor que se desgrana en esa contemplatio naturalis y en el acogimiento de lo humano a ese más allá del ser infinito y sin forma, un amor que apunta a “una verdad y una belleza absolutas”[5], un amor que se brinda en los ritmos y el latido de la naturaleza, en la sinfonía sublime de las armonías musicales del cosmos “produciendo una melodía más completa e intensa que cualquiera de las producidas con sonidos mortales” [6]. Tal será el amanecer del alma para Thoreau que no será sino la Primavera de la creación y de la vida, esa edad de Oro que arraiga en el mismo caos y que renueva su brindarse todos los años y en toda las Primaveras como si de una liturgia de la luz se tratara. “En una agradable mañana de Primavera quedan perdonados todos los pecados de los hombres” nos dirá el sabio de Walden. Thoreau, un pensar de la amanecida, un pensar primaveral que proclama la buena nueva además de su propia hondura y calado espiritual.


[1] Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae Ed, pg 362 y ss.
[2] Ibid, pg 363
[3] Además de esta intensa vecindad con la metafísica tradicional, en relación al catolicismo, conocemos su proyecto de viaje a Roma y sus lecturas de los padres de la iglesia, especialmente de San Agustín. No deba ser algo que nos extrañe en un romántico a poco que consideremos el retorno a la metafísica tradicional, encantada desde la poética y la apertura a la belleza, propuesto por lo más granado del primer romanticismo. Ejemplo de lo dicho será el filocatolicismo del circulo de Jena.
[4] Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae Ed, pg 165
[5] Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae Ed, pg 168
[6] Ibid, pg 167


domingo, 9 de septiembre de 2018

Vivir sin dinero


Una australiana vive hace mas de un año sin un centavo

Néli Pereira. BBC Brasil

Jo dice sentirse más feliz y activa desde que comenzó a vivir sin dinero.


Más tiempo libre para el trabajo placentero, ayudar a los otros, plantar los propios alimentos, caminar más, tener una vida más simple y saludable y reducir el impacto ambiental de la vida diaria.

Todo esto podría formar parte de una lista de objetivos de vida. Pero para la australiana Jo Nemeth es una realidad que vive desde hace cerca de un año y medio desde que decidió vivir sin dinero. Sin un centavo.

Jo trabajaba en desarrollo comunitario, pero sentía que no hacía diferencia. En 2014, después de leer un libro sobre una pareja que recorrió la costa occidental de Australia en bicicleta y otro sobre el irlandés Mark Boyle, que vivió tres años sin dinero, comenzó a forjar sus planes.

En marzo de 2015 empezó su nuevo estilo de vida: sin dinero y con menos impacto ambiental.


"Tenía un buen trabajo, pero sentía que no estaba contribuyendo positivamente. Al contrario. Tenía que conducir todo el tiempo, no tenía tiempo de cultivar mis alimentos y encima de eso me sentía estresada e infeliz, trabajando para pagar las cuentas", señaló.

"Y mi vida tenía un impacto ambiental muy grande", explicó a la BBC.

El primer año vivió en una casita que construyó con materiales donados en un terreno de amigos.

Y desde hace dos meses Lo reside con familiares y amigos hasta que esté lista su nueva casa, una especie de remolque que está adaptando y que estará ubicado en la hacienda de un amigo.


"Uno de los principales problemas que enfrenté era una voz interna que me decía que 'debería tener una vida normal'. Me sorprendo de cuán difícil es abandonar esa forma de pensar, ya que todo tiene un valor monetario", cuenta.

La ventaja es que ya no tiene tanta presión como antes, cuando estaba trabajando en una empresa "y tenía un jefe". "Hago lo que quiero y toma tiempo acostumbrarse a eso. Tengo más tiempo libre, pero estoy bastante ocupada también". 


Cultivando sus alimentos

Jo pasa la mayor parte del tiempo cultivando los propios alimentos y parte de su producción la intercambia por ropas, comidas fuera de casa y otros productos y servicios.

Además de eso, ayuda a otros lavando ropas, cuidando niños, enseñando a construir fogones rústicos de ladrillos, como los que ella misma usa.

Aún se viste con las ropas que tenía antes de comenzar a vivir sin dinero, y amigos y familiares también le dan vestimentas que ya no desean.

También le pide a conocidos que le guarden artículos que obtienen de hoteles como jabones, pasta de dientes y champú.

Utiliza paños usados como lienzos para las tareas de la casa y para su higiene personal.

Y una amiga que tiene una cafetería le guarda servilletas no utilizadas o con gotas mínimas de café para que las use en vez de papel higiénico.

Jo cocina en una especie de fogón hecho de ladrillos donde también calienta agua.


"A veces compro rollos de papel, hasta que logre acostumbrarme a utilizar sólo agua para limpiar", señala.

"Mucha gente me pregunta cómo logro mantenerme limpia. Cuando la gente escucha que estoy viviendo sin dinero, piensan que voy a estar descuidada o sucia. Por el contrario, ahora utilizo productos descartados que nunca imaginé que iba a usar".

Otro dilema que tuvo que resolver fue el acceso a agua caliente. Para ello, instaló un calentador que se abastece de energía solar y también calienta agua en una especie de fogón que usa para cocinar.

Confiesa, sin embargo, que extraña el acceso a agua caliente y de vez en cuando "porquerías como la comida rápida".

A pesar de eso, dice que se siente más feliz y también más activa- y afirma que esto es lo mejor de su nuevo estilo de vida.


Generosidad

Jo admite que su nueva opción de vida la hace más dependiente de la generosidad ajena.

"Esa es la parte más maravillosa de esta experiencia. Hay muchos ejemplos de personas que me han ayudado y a veces hasta rechazo ayuda, como cuando me ofrecen dinero. Es una muestra de lo mejor del ser humano".

"La gente siente que merezco esa ayuda y hasta me ofrecen cosas que no necesito. Y como tengo mucho tiempo libre, también puedo ayudar a otros y me he vuelto más generosa".

Aunque en su blog"Jo Lowimpact" (Jo Bajo Impacto) que publica desde que comenzó a vivir sin dinero, relata momentos de miedo e incertidumbre, afirma que no piensa dar marcha atrás.

"Nunca he pensado en desistir. Vivir sin dinero ha sido fácil y hasta divertido. Espero no volver a tener una vida normal, aunque podría suceder si me veo obligada por motivos de salud o de vivienda", señala.

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domingo, 12 de agosto de 2018

El caminante




EL TURISTA INMÓVIL (2)

Si tienes el tiempo suficiente

El 'flâneur' es parte de la multitud pero se distancia de ella; disfruta del espectáculo de la ciudad y es crítico con él.




El filósofo Martin Heidegger, en su jardín en torno a 1964. 
El filósofo Martin Heidegger, en su jardín en torno a 1964.  FRITZ ESCHEN / ULLSTEIN BILD / GETTY IMAGES
Jean-Jacques Rousseau caminaba para pensar, según afirmó; Friedrich Nietzsche lo hacía por las montañas y para poder escribir; Martin Heidegger paseaba por la Selva Negra para experimentar el “ser” de una forma más auténtica que lo que permitía la vida en sociedad (y también para recoger setas); Immanuel Kant atravesaba Königsberg (la actual Kaliningrado) siempre a las cinco de la tarde, solo, respirando profundamente por la nariz (consideraba que hacerlo por la boca al aire libre podía dañar la salud), siempre por las mismas calles y vestido exactamente igual que el día anterior. Robert Louis Stevenson, Walt Whitman, William Wordsworth, Ezra Pound, Jack Kerouac, Patrick Leigh Fermor, Bruce Chatwin, Régis Debray, Gary Snyder, Patti Smith y Sophie Calle fueron o son grandes caminantes (y escribieron sobre ello), y algunos de los textos fundamentales de varias culturas (el Poema de Gilgamesh, el Mahabharata, el Pentateuco) narran largos trayectos a pie. “Puedes ir caminando a todos los sitios si tienes el tiempo suficiente”, escribió Stephen Wright.unos sostienen que no conquistamos la naturaleza humana poniéndonos de pie sino dando el (consiguiente) primer paso; sin embargo (y a pesar de los filósofos peripatéticos, de los legionarios romanos y sus carreteras y de los peregrinajes medievales), fue algo después cuando se produjeron las primeras reflexiones sobre el acto de caminar y la condición de quien lo lleva a cabo: sobre ambas cosas escribió Walter Benjamin, quien revisitó la obra de Charles Baudelaire para dar cuenta de la forma específica de habitar las ciudades que habría inaugurado el flâneurparisiense, cuyos contornos fueron trazados, además de por Baudelaire (en El pintor de la vida moderna, Taurus, 2013), por Honoré de Balzac, Anaïs Bazin (que lo denominó “el verdadero soberano de París”), Victor Fournel y Louis Huart (en Fisiología del flâneur, Gallo Nero, 2018). El flâneur es parte de la multitud pero se distancia de ella; disfruta del espectáculo de la ciudad y es crítico con él; observa lo que sucede a su alrededor pero también vuelca su mirada sobre sí mismo; acepta y al mismo tiempo se rebela ante el hecho de que su subjetividad está constituida por una vida urbana con la que tiene una relación compleja.

La popularización del automóvil, la proyección de ciudades sin espacio para la vida urbana y, más recientemente, los sistemas de navegación que imposibilitan  perderse en la ciudad, han instrumentalizado la práctica del paseo
Nadie escribió mejor sobre el flâneur que Robert Walser, cuyo El paseo (Siruela, 2014) es uno de los textos fundamentales de esta tradición; al igual que Benjamin, Walser fue un caminante regular y excesivo, como recuerdan Jürg Amann en su Biografía literaria (Siruela, 2010) y W. G. Sebald en El paseante solitario (Siruela, 2007). Sebald fue además uno de los continuadores más sólidos de la literatura del flâneur en libros como el deslumbrante Los anillos de Saturno (Anagrama, 2012), cuyo lugar en el canon de esa literatura está asegurado junto a La canción de amor de J. Alfred Prufrock, de T. S. Eliot (en La tierra baldía, Lumen, 2015); el bello ensayo de Henry David Thoreau Caminar (Árdora, 2017); La señora Dalloway, de Virginia Woolf (Alianza, 2017), la documentación de las derivas situacionistas y algunos libros del argentino Sergio Chejfec como Mis dos mundos (Candaya, 2008). Walser, por cierto, murió el día de Navidad de 1956 en las afueras del hospital psiquiátrico de Herisau (Suiza), donde había pasado los últimos 23 años de su vida, durante una de sus caminatas, sobre la nieve.
La literatura tiene una relación compleja con las prácticas sociales, a las que a menudo ofrece una cierta resistencia; la popularización del automóvil a partir de la segunda mitad del siglo XX, la proyección de ciudades sin espacio para la vida urbana y, más recientemente, la incorporación de los sistemas de navegación a los teléfonos (que en la práctica imposibilitan el perderse en la ciudad), por no mencionar la dificultad de caminar en las principales ciudades europeas debido a la escasez de áreas peatonales y el exceso de personas y vehículos, han instrumentalizado la práctica al tiempo que suscitaban la emergencia de una literatura que la reivindica. Mientras ensayos como Salvaje,de Cheryl Strayed (Roca, 2013); Una temporada en Tinker Creek, de Annie Dillard (Errata Naturae, 2017), y Las viejas sendas, de Robert Macfarlane (Pre-Textos, 2017), abordan la experiencia de caminar en la naturaleza, libros como On Foot: A History of Walking, de Joseph Amato (2004); The Lost Art of Walking: The History, Science, and Literature of Pedestrianism, de Geoff Nicholson (2009); The Art of Wandering: The Writer as Walker, de Merlin Coverley (2012), y On Looking: A Walker’s Guide to the Art of Observation, de Alexandra Horowitz (2014), revisitan la práctica de caminar en las ciudades y apuestan por su recuperación. También lo hacen Elogio del caminar, de David Le Breton (Siruela, 2011); El dilema de Proust o El paseo de los sabios, de Javier Mina (Berenice, 2014); Andar, una filosofía, de Frédéric Gros (Taurus, 2014); Caminantes, de Edgardo Scott (Godot, 2017); el volumen colectivo La Errabunda (Primer tratado ibérico de deambulología heterodoxa) (Lindo & Espinosa, 2018), o Wanderlust: Una historia del caminar, de Rebecca Solnit (Capitán Swing, 2014). Se trata de visiones singularmente distintas a las propuestas por dos extraordinarias obras de ficción recientes cuyos personajes caminan, La carretera, de Cormac McCarthy (Literatura Random House, 2007), y Algo, ahí fuera, de Bruno Arpaia (Alianza, 2017), cuyo protagonista atraviesa una Europa desertificada por el cambio climático para intentar solicitar asilo en los países escandinavos.
Sin embargo, si algo está cambiando nuestra perspectiva sobre la relación entre caminar y habitar el mundo, esto son los libros que en los últimos tiempos, y a partir de ensayos clásicos como The Invisible Flâneuse. Women and the Literature of Modernity, de Janet Wolff (1985); Walking the Victorian Streets. Women, Representation, and the City, de Deborah Nord (1995), o The Sphinx in the City: Urban Life, the Control of Disorder and Women (1992) y The Invisible Flâneur(1995), ambos de Elizabeth Wilson, revisitan la figura de la mujer flâneur (o Flâneuse, como la llama Lauren Elkin; Malpaso, 2017) para contribuir a una historia de los vínculos entre el sujeto y la ciudad que (por fin) no haya sido escrita sólo por los hombres. Que ninguno de los ensayos arriba mencionados haya sido traducido al español pone de manifiesto lo mucho que queda por hacer en este sentido: alguien debería dar, una vez más, el primer paso. © 

EDICIONES EL PAÍS S.L.
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