El tema central de este Blog es LA FILOSOFÍA DE LA CABAÑA y/o EL REGRESO A LA NATURALEZA o sobre la construcción de un "paradiso perduto" y encontrar un lugar en él. La experiencia de la quietud silenciosa en la contemplación y la conexión entre el corazón y la tierra. La cabaña como objeto y método de pensamiento. Una cabaña para aprender a vivir de nuevo, y como ejemplo de que otras maneras de vivir son posibles sobre la tierra.

sábado, 20 de abril de 2019

Los haikus de Matsuo Basho




Los haikus de Matsuo Basho o la eternidad en el instante


basho's frog.JPGLa asimilación que hace el Occidente capitalista de la cultura oriental resulta siempre esperpéntica. Igual que el manga y la comida japonesa, el haiku se ha puesto de moda y la banalidad reinante nos abruma haciéndonos creer que su característica definitoria es la brevedad, probablemente porque, en la ignorancia de su propia tradición, el gran público desconoce también las formas poéticas cortas como el epigrama, e incluso el éxito que tuvieron en su momento. De igual modo que sucede con los microrrelatos, en este mundo donde el número de escritores amenaza con superar pronto al de lectores, muchos creen ser capaces de imitar el estilo de la poesía japonesa y proliferan los talleres que se dedican a enseñar la técnica de su escritura, pero lo único que sale de ellos son productos en serie prestos a ser absorbidos por el mercado de la vaciedad o la autoayuda. Esto no es problemático para el sentido instaurado por los haikus. En verdad, ninguna otra forma poética puede competir con ellos, porque precisamente su mensaje enseña que no hay que dejarse engañar por las apariencias. Nada es definitivo, ni siquiera ellos mismos. Todo es pura ficción.
Los haikus nacieron en el siglo XVII de la mano de Matsuo Basho, considerado hoy el más grande poeta japonés. Según declaró a sus discípulos, su objetivo nunca fue seguir el camino de los antiguos, aunque sí buscó lo mismo que ellos, es decir que continuó, pero también modificó, la tradición clásica. Hijo de un samurái, cuyo anhelo era que su vástago hiciese carrera en el ejército, Basho se alistó trabajando probablemente en las cocinas, para terminar de paje al servicio de Yoshitada, heredero de una rica familia, sólo dos años mayor que él. En ese ambiente feudal, donde la poesía constituía un pasatiempo de corte, una diversión elegante, ambos se hicieron bardos e incluso estudiaron con Kitamura Kigin, poeta y crítico de la escuela de Teitoku. El ejercicio lírico se había convertido a la sazón en un juego de sociedad, en el que intervenían varios individuos haciendo una creación colectiva y secuencial, de modo parecido a lo que mucho más tarde los surrealistas llamaron el método del “cadáver exquisito”: alguien iniciaba la composición y, por turno, los demás la continuaban de una manera intuitiva, casi automática. Sólo que los japoneses no creían que el resultado poético careciese de sentido y respondiera a asociaciones inconscientes y, por tanto, meramente subjetivas. Más bien pensaban que el artista se dejaba guiar por la cosa misma, por el asunto del que estaban tratando, de modo que su poesía pretendía ser objetiva. Mucho más, cuanto que los autores podían quedar en el anonimato, absorbidos por el grupo. En el fondo, igual que había ocurrido en la Grecia arcaica, por debajo de estas consideraciones latía la idea de que el aedo realizaba una actividad ritual. A estos poemas colectivos se los llamó “haikai no renga“. Se componían de un número determinado de versos, con una métrica férrea y un cierto toque de humor, que a veces producía resultados tan delicados, frescos e imprevistos como éste:
El aguacero invernal
incapaz de esconder a la luna
la deja escaparse de su puño. (Tokuko)
Mientras camino sobre el hielo
piso relámpagos: la luz de mi linterna. (Jugo)
Al alba los cazadores
atan a sus flechas
blancas hojas de helechos. (Yasui)
Abriendo de par en par
la puerta norte del Palacio: ¡la Primavera! (Basho)
Entre los rastrillos
y el estiércol de los caballos
humea, cálido, el aire. (Kakei)
Matsuo-Basho-montando-un-caballo-dibujo-de-Sugiyama-Sanpu-.jpg
De la cadena de estos poemas comunitarios, Basho independizó la primera estrofa (hokku) y así surgió el haiku, constituido por tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente. Este mero cambio estructural fue acompañado también de una importante transformación en el contenido. La nueva forma poética ya no manifestaba sin más lo cotidiano o intrascendente. Es cierto que mantenía la alusión a cosas simples y, sobre todo, una constante referencia a la naturaleza, fundada en la simpatía con todo lo que existe, pero se había refinado, sufriendo una espiritualización, semejante a la operada por el propio poeta, quien abandonó las tareas mundanas para consagrarse al budismo zen, a la vida ascética y la pobreza material. Por ser una construcción de gran sencillez y concentración verbal, el haiku dejaba espacio a la contemplación extática. Se había vuelto poesía mística, un vehículo para meditar a la espera de la iluminación:
En la rama seca
un cuervo aguarda
otoño un amanecer.
Y cuando el alba se elevó tras su horizonte, a partir de aquel momento de profunda inspiración divina, Basho desplegó una sorprendente capacidad creadora, plasmada a través de seiscientos cincuenta haikus escritos en ocho años –mejor dicho, trazados con pincel en ideogramas japoneses–, junto a dibujos alusivos y otros textos en prosa, que a veces rodeaban a los pequeños poemas, como ocurre en sus diarios de viaje, por ejemplo, en Sendas de Oku. El esquema del verso triple le permitió expresar en toda su flexibilidad el principio que define al budismo zen, “su prédica de la conquista de la serenidad por medio de los contrarios“. Mientras la mística occidental plantea la unión con un dios personal, creador de una naturaleza caída, identificado con el absoluto bien y, como consecuencia, exige una purificación previa basada en el desprecio de lo material y la lucha activa frente al mal, es decir, una expurgación fundada en el combate contra las tentaciones y la mortificación de la carne, el zen, en cambio, reconoce la plena presencia de lo divino en el mundo, tanto en lo positivo como en lo negativo, de modo que no necesita lidiar contra lo diabólico, sino sólo buscar con humildad el desapego a lo material y la armonía de lo que parece opuesto. La meditación es el centro de toda la práctica de esta versión del budismo, que coloca el estudio de los textos sagrados en un lugar secundario y predica la iluminación repentina. Así, la enseñanza de los maestros consiste en enfrentar al discípulo a la paradoja, la aporía y el absurdo, por ejemplo, a través de los koans(breves frases carentes de sentido), que sirven para minar la lógica corriente y ayudarle a elevarse a un plano superior desde el cual adjudicar un nuevo significado a esa aparente contradicción. El más conocido de los haikus de Basho muestra con grandiosa maestría el proceso que realiza esta síntesis de los contrarios. Lo presentamos en una traducción muy libre de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya, que procura recoger el valor simbólico del lenguaje. De hecho, la última palabra en japonés es una onomatopeya que imita el goteo o el sonido del agua cuando un objeto cae en ella, algo así como un “plop”:
Un viejo estanque:
salta una rana ¡zas!
chapaleteo.
Basho.jpgEn el primer verso se localiza el escenario en el que ha de desarrollarse la acción del poema. Se trata de un remanso de agua sin corrientes, un espacio inmóvil, de pleno sosiego, donde el tiempo finge haberse detenido como si fuera una imagen de lo eterno. De pronto, en el segundo verso irrumpe un personaje inesperado, una rana. Y con la súbita aparición, se disturba el reposo de la primera escena, se interrumpe la calma con ese nuevo elemento que simula ser aleatorio y se revelará como necesario, ya en el tercer verso, cuando el batracio regrese al ecosistema del que ha salido sólo por un momento. Ahora la rana se zambulle en el estanque y vuelve a incorporarse a su universo, mientras las ondas provocadas por la inmersión se disuelven en el agua y el movimiento se deshace en la quietud primera. Tras la sencillez ingenua de las imágenes se agazapa la conciencia de una vida frágil y precaria, que sólo puede subsistir, no en oposición, sino integrada en la totalidad imperecedera. Dicho de otro modo, el tiempo es una falacia, porque lo eterno reside en cada instante. El pasado ya se fue y el futuro aún no es, sólo el presente del aquí y el ahora permanece, sustrayéndose de sí a cada paso, desvaneciéndose como una pura ilusión. De este modo, el verso final expresa la síntesis de los contrarios en un proceso dialéctico de subsunción, pero –lo que es mucho más decisivo– detiene la belleza imperfecta del instante mostrando que en esa originalidad irrepetible reside la perfección. Mientras la mística cristiana corresponde a un alma prendada de Dios, en la del budismo zen –por decirlo con palabras de William Blake– es como si lo eterno se hubiese enamorado de las creaciones del tiempo.
El descubrimiento de la eternidad en el instante eleva lo sensible, lo dota de un halo divino y hace de su presencia algo siempre extraordinario. Esto permite su transfiguración estética a través de distintos recursos, como la celebración y la sorpresa ante lo singular e inimitable, el descenso hasta la nimiedad del detalle o el uso de metáforas inusitadas:
A caballo en el campo,            Primera nieve:                       A una amapola
y de pronto, detente:                las hojas del narciso            deja sus alas una mariposa
¡el ruiseñor!                               casi curvadas.                       como recuerdo.
Y en este último caso, no debe haber equívoco: la asociación emerge de las cosas mismas y no de la visión del contemplador, ya que éste desaparece al fundirse con ellas. Toda metáfora reposa en la honda conexión que los objetos del universo mantienen entre sí por ser cada uno de ellos el reflejo de lo absoluto:
Se va la primavera,                            Este camino                            Hoy el rocío
quejas de pájaros, lágrimas              nadie ya lo recorre,               borrará lo escrito
en los ojos de los peces.                     salvo el crepúsculo.               en mi sombrero.
Semejante vínculo hace también que en esta poesía prosperen las sinestesias y metonimias, que el silencio sea cristalino, el sonido horade la roca, los gritos se vistan de blanco o la luz y el sonido, pese a no compartir la misma naturaleza, se dejen absorber por lo oscuro:
Tregua de vidrio                    El mar ya oscuro                    Un relámpago
el son de la cigarra                los gritos de los patos            y el grito de la garza,
taladra las rocas.                    apenas blancos.                      hondo en lo oscuro.
Cuando el ego consigue sortear el reclamo de sus deseos y pensamientos, en la fugacidad del instante y por fusión con lo contemplado, se produce el Nirvana, porque sólo en el presente puede encontrarse la puerta hacia la infinitud:
Narciso y biombo:                              Luna montañesa,
uno al otro ilumina,                            también alumbras
blanco en lo blanco.                            al ladrón de flores.
Y en esa iluminación, al rasgarse lo finito y dejar traslucir lo eterno, se disipan las fronteras que desde dentro tabicaban la visión del mundo, se difumina la dualidad y ya no queda contraste alguno sino la más completa transparencia. Sobran las palabras. Como enseñó el Taoísmo, impera el vacío, la pura nada, el silencio que rehúsa ser nombrado. Así, puede decir el poeta que “la negación conduce al conocimiento”, libera del ayer, de los apegos y el pensar, en suma, de los espejismos que lastran nuestra permanente fluencia. En ese sentido, vivir es deambular por un trayecto en el que debemos disfrutar cada uno de los paisajes, situaciones y compañeros que nos aparezcan, conscientes de que habremos de abandonar todas las posiciones alcanzadas. De hecho, Basho pasó la última década de su vida viajando a pie, en condiciones precarias y arrostrando los peligros por los caminos de aquel Japón, entonces tan inseguro. Como laico consagrado, “un murciélago, mezcla de ratón y cuervo”, componiendo poesía, mirando y admirando, sin perder nunca el humor:
Piojos, pulgas                                                 Carranca acerba:
y un caballo que orina                                  su gaznate hidrópico
junto a mi almohada.                                    la rata engaña.
Hasta comienzos del siglo XX, no se dejó sentir en Occidente el influjo de esta enigmática poesía mística. Se abrió paso gracias a los imagistas angloamericanos, como Thomas E. Hulme y Ezra Pound, a los surrealistas franceses, como Apollinaire o Paul Éluard, y al conservador Paul Claudel. Poco después, el poeta mexicano José Juan Tablada introdujo el haiku en lengua española, al que llamó “poema sintético” y extendió su influencia de manera casi inmediata a la poesía latinoamericana. Entre los escritores más conocidos que cultivaron el haiku se encuentran Jorge Carrera Andrade, Leopoldo Lugones, Jorge Luis Borges, Álvaro Yunque, Mario Benedetti y Octavio Paz. Con cierto retraso, llegó a España, a través de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Federico García Lorca y Luis Cernuda.

(El vuelo de la lechuza)



miércoles, 20 de marzo de 2019

Silencio y caminar


Salir de la adicción jerárquica, poner en el centro la vida


Guardar silencio y caminar son hoy día dos formas de resistencia política

Pablo Bujalance - Diario de Sevilla

Doctor en Sociología de la Universidad París VII y profesor en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Ciencias Humanas Marc Bloch de Estrasburgo, el pensador francés David Le Breton (Le Mans, 1953) encarna como pocos de sus contemporáneos la mejor tradición intelectual de su país. En España ha publicado con éxito libros como El silencio, Elogio del caminar y Desaparecer de sí: una tentación contemporánea, donde apuesta por formas concretas de resistencia ante la deshumanización del presente. Esta semana pronunció una conferencia en La Térmica, el centro de cultura contemporánea de la Diputación de Málaga, antes de la cual concedió esta entrevista.


David Le Breton (Le Mans, 1953) el pasado martes en Málaga, durante la entrevista.
/ javier albiñana 



-Permítame una pregunta un tanto primaria para empezar: usted defiende el silencio como forma de resistencia, pero ¿de dónde nace el ruido?

-Buena parte de nuestra relación con el ruido procede del desarrollo tecnológico, especialmente en su carácter más portátil: siempre llevamos encima dispositivos que nos recuerdan que estamos conectados, que nos avisan cuando hemos recibido un mensaje, que organizan nuestros horarios a base de ruido. Esta circunstancia ha venido a incorporarse a las que ya habían cobrado forma en el siglo XX como hábitos contrarios al silencio, especialmente en las grandes ciudades, gobernadas por el tráfico y numerosas variedades de contaminación acústica. En este contexto, el silencio implica una forma de resistencia, una manera de mantener a salvo una dimensión interior frente a las agresiones externas. El silencio nos permite ser conscientes de la conexión que mantenemos con ese espacio interior, la visibiliza, mientras que el ruido la oculta. Otra manera que tenemos de conectar con nuestro interior es el caminar, que transcurre en el mismo silencio. Quizá el mayor problema es que la comunicación ha eliminado los mecanismos propios de la conversación y se ha hecho altamente utilitarista a base de dispositivos portátiles. Y la presión psicológica que soportamos para hacer acopio de ellos es enorme.

-¿Es más fácil cultivar y fomentar el silencio en Oriente que en Europa y EEUU, por ejemplo?

-Sí, en la tradición japonesa hay una noción muy importante de disciplina interior que ha cristalizado en sistemas de pensamiento como la filosofía zen. Digamos que en Oriente hay mucho camino andado, pero las invasiones contra las que conviene oponer resistencia son ya las mismas.

-¿Qué respondería a quienes sostienen que el silencio es una confesión de la ignorancia?

-El silencio es la expresión más veraz y efectiva de las cosas innombrables. Y la toma de conciencia de que hay determinadas experiencias para las que el lenguaje no sirve, o no alcanza, es un rasgo decisivo del conocimiento. En este sentido, tradiciones como la cristiana, en la que el silencio es muy importante, resultan reveladoras: la sabiduría va a dirigida a comprender lo que no se puede decir, lo que trasciende el lenguaje. En esta misma tradición, el silencio es una vía de acercamiento a Dios, lo que también puede interpretarse como un conocimiento. Podemos utilizar el silencio para conocernos mejor a nosotros mismos, para aislarnos del ruido. Y éste es un valor a reivindicar en el presente.

-En cuanto al desaparecer de sí,pienso en la psicología constructivista y en autores como Jean Piaget. ¿Sería posible formular una psicología de la deconstrucciónpara la personalidad?

-Sí, es posible llegar a eso a través de una disciplina, un ejercitarse en el silencio. Como te contaba, en Japón esta disciplina es algo muy común. Podemos ir abriendo en nuestra rutina diaria huecos para el silencio, para meditar y encontrarnos con nosotros mismos, y con la disciplina adecuada esos huecos serán cada vez mayores. Mi mayor experiencia en este sentido, la definitiva, fue en el Camino de Santiago: cuando al fin llegué a Compostela, comprendí que me había transformado completamente después de numerosos días en marcha y en absoluto silencio. Fue un renacimiento.

-En Francia tienen ustedes una gran tradición del caminar con Balzac y la figura del flâneur.

-Sí, el caminar en las ciudades, el vagar sin una meta concreta. No sólo Balzac, también Flaubert lo defendía. Y para los situacionistas se convirtió en un asunto fundamental. Caminar es otra forma de tomar conciencia de sí, de reparar en el propio cuerpo, en la respiración, en el silencio interior. Hay quienes en la Edad Media se liaban a caminar en el desierto, pero la práctica del caminar en las ciudades encierra connotaciones relacionadas con el placer. Se trata de disfrutar con lo que percibes, de deleitarte con los atractivos que la ciudad te ofrece a través de los sentidos. Es una actividad hedonista. Jean Baudrillard y los intelectuales de la estela sartreana también lo definieron así, como una práctica contraria al puritanismo.

-¿Es por esa calidad de resistencia por la que a quien camina sin rumbo se le tacha de loco?

-Así es, y por eso el caminar, como el silencio, es una forma de resistencia política. A la hora de salir de casa y moverte te ves de inmediato intervenido por criterios utilitaristas que te aclaran perfectamente a dónde tienes que ir, por qué camino y en qué medio. Caminar porque sí, eliminando de la práctica cualquier tipo de apreciación útil, con una intención decidida de contemplación, implica una resistencia contra ese utilitarismo y de paso también contra el racionalismo, que es su principal benefactor. La marcha te permite advertir lo hermosa que es la Catedral, lo juguetón que es el gato que se esconde ahí, los colores de la puesta de sol, sin más fin, porque ése es todo su fin: la contemplación del mundo. Frente a un utilitarismo que concibe el mundo como un medio para la producción, el caminante asimila el mundo contenido en las ciudades como un fin en sí mismo. Y esto, claro, es contrario a la lógica imperante. De ahí la vinculación con la locura.

-Sin embargo, con su transformación en centros comerciales, y pienso en el mismo corazón de Málaga, ¿no se han convertido las ciudades en los peores enemigos de los caminantes?

-Sí, no le falta razón. De hecho, todas las grandes ciudades, ya sean París o Tokio, se han convertido ya en superficies comerciales. Es muy importante que las ciudades encuentren un equilibrio entre los recursos que garantizan su prosperidad y la calidad de vida de quienes residen en ellas. De otra manera, las ciudades se convierten en entidades deshumanizadoras. El hecho de caminar en sus calles sin interés alguno en comprar ni en gastar dinero, sólo en vagar sin rumbo de aquí para allá, porque sí, también es una forma de hacerlas más humanas, de rebelarse contra las órdenes que convierten todas y cada una de las interacciones humanas en un proceso económico.

-De vuelta al silencio, ¿no ha sido la industria cultural uno de los principales cauces del ruido en el último medio siglo?

-Sí, eso es. Estoy de acuerdo. En mi libro El silencio me ocupaba de este asunto. Porque al final la industria cultural viene a ser una forma del poder político. Una actividad cultural debería ir encaminada a que cada uno se encontrara consigo mismo, se reconociera en su interior, entablara un diálogo íntimo sin salir de sí, ayudándose de los instrumentos que la cultura debiera poner a su alcance. Pero en lugar de eso tenemos una cultura que es cada vez más de masas y menos de personas, en la que es imposible reconocerse. También es importante oponer resistencia a las formas invasivas de la cultura mediante el silencio.





miércoles, 2 de enero de 2019

El aroma del tiempo



El aroma del tiempo, 
de Byung-Chul Han

Javier Benítez




Quizás, sería importante comenzar con una breve puntualización sobre el orden que este libro sobre el “aroma” ocupa en lo que llamo “Saga de la sociedad positiva”. En España ha sido publicado por Herder en 2015, el sexto de esta serie de libros que ve la luz aquí. Y en Alemania, por transcript Verlag, en 2012 (aunque el original data de 2009). Estamos ante un texto-precuela de la saga si nos guiamos por lo estrictamente temporal, pero que si se lee en último lugar no chirría en absoluto, puesto que se puede insertar perfectamente en la temática general.

Es claro que Byung-Chul Hanes un éxito editorial sin paliativos y que los editores se han lanzando a publicar todos los trabajos que el filósofo de Berlín escribió antes de la saga a sabiendas de la buena acogida que tendría entre el público. La edición alemana de este Duft der Zeit (El aroma del tiempo), consultada en diciembre de 2018, va ya por su duodécima salida. Si se me permite una broma, diré que mientras sus críticos se ponen de todos los colores, sus editores están felices y contentos.

Una vez más, con la obra de Han nos encontramos con un diagnóstico del mundo actual. Y las noticias para el paciente, de nuevo, no son halagüeñas. De modo muy general este texto trata de responder a una cuestión: ¿cómo percibimos el tiempo en nuestro mundo actual? La respuesta común es que vivimos acelerados. Y Han trata en buena parte del ensayo de corregir esta percepción. La aceleración no es lo que desorienta, es la pérdida de sentido. No vivimos acelerados, vivimos en un tiempo fragmentado.

La velocidad a la que se mueve el tiempo en la vida diaria nos tiene confundidos. Los más despiertos rumian en su interior una idea clara: vivimos en una espiral creciente que nos presiona, que nos irrita, que nos agota. Muchos tenemos la sensación de que existimos dando tumbos, que los acontecimientos nos atropellan, que todo parece ser efímero y fugaz. La vida gana aceleración pero pierde duración. Tenemos la sensación de que todo se termina antes de lo que debería. Somos los pasajeros de un tren de alta velocidad que cada vez corre más rápido; la generalidad del pasaje se maravilla de la aceleración mientras unos pocos no terminan de ver con buenos ojos el cariz que toma todo aquello.

Una lectura apresurada de nuestra época concluye que ésta cursa a una velocidad desmesurada. Y que la solución, claro está, sería pisar el pedal del freno. Han no lo entiende así. Desacelerar no basta porque esta crisis no está provocada por la aceleración. El problema auténtico está en la ausencia de sostén del tiempo. El tiempo se mueve sin sentido, por eso Han –de un modo poético– dice que el tiempo no tiene aroma. Sin rumbo ni trayectoria los acontecimientos son fragmentos deslavazados.

Las cosas se aceleran porque no tienen ningún sostén, porque no hay nada que las ate a una trayectoriaestable (p. 43).


Foto: S. Fischer Verlag


La falta de tensión, de gravedad, de continuidad provoca la atomización del tiempo. La pérdida de sostén del tiempo es el argumento clave, y más complicado, de Han en este libro. El hilo de la narración de la historia es lo que se ha perdido. Y ese hilo narrativo era lo que daba sentido a la existencia social. Sin ese hilo conductor, la Historia deja de serlo y se convierte en un inmenso amasijo de fragmentos inconexos unos junto a los otros. El fin de la Historia como la conocemos da paso a la enumeración exhaustiva de acontecimientos y situaciones. Y, para nuestra desgracia, enumerar no es narrar. La pérdida de sentido está provocada por la primacía de un tipo muy determinado de acción, de la actividad instrumental y productiva, de la absolutización del trabajo. En esta época, al absolutizar el trabajo se le está glorificando. Poder, economía y redención están entrelazados. El trabajo como totalización es un fenómeno religioso. Al hacer del trabajo el todo se anula cualquier otra forma de vida. Todo lo que no sea un acto o una actividad queda expulsado del mundo. El triste y célebre dictum germano –Arbeit macht frei– se equivoca. Dice Han:

El trabajo no hace libre. El dispositivo del trabajo crea una nueva servidumbre (p. 140).

No esperen de Han, nunca, que escriba un libro de autoayuda donde desgrane prolijamente lo que el individuo ha de hacer con su vida. Han es un filósofo que proporciona ciertas claves y que nos orienta, no es un gurú que le dice a lector la posología de actuación. El profesor de Berlín no trata de resolver el problema de la velocidad sino el del sostén del tiempo. Lo suyo sería devolver a la Historia el sentido, la trayectoria, el hilo narrativo que engarce los fragmentos y le devuelva la tensión.

El tiempo comienza a tener aroma cuando adquiere una duración, cuando cobra una tensión narrativa o una tensión profunda, cuando gana en profundidad y amplitud, en espacio. El tiempo pierde el aroma cuando se despoja de cualquier estructura de sentido, de profundidad, cuando se atomiza o se aplana, se enflaquece o se acorta. Si se desprende totalmente del anclaje que le hace de sostén y de guía, queda abandonado. En cuanto pierde su soporte, se precipita (p. 38).

El hilo se recupera con la vida contemplativa, con la demora, con el no-hacer. Han diagnostica enfermedades y procura remedios sencillos y poco aparatosos, en dosis pequeñas, como esos antiguos relojes chinos de incienso y el amor por la literatura. Pone como cierto ejemplo la concepción vital de Heideggertras la Kehre. Al final de su vida, Heidegger invoca un mundo arcaico y premoderno donde predomina el sosiego, la cordialidad, de renuncia ascética, de simplicidad espartana, y de una reflexión que tenga “mirada de largo alcance”.

La vida activa ha de integrar dentro de sí la vida contemplativa. Haríamos bien en darle duración a los acontecimientos que vivimos, de ese modo daríamos aroma al tiempo, a la vida.

Sólo cuando uno se detiene a contemplar, desde el recogimiento estético, las cosas revelan su belleza, su esencia aromática (p. 75)

La demora contemplativa concede tiempo. Da amplitud al Ser, que es algo más que estar activo. La vida gana tiempo y espacio, duración y amplitud, cuando recupera la capacidad contemplativa (p. 162) .



viernes, 28 de diciembre de 2018

RAFO Rocks

CARTA DE UN LECTOR DE ESTE BLOG:

RAFO Rocks
0:03 (hace 10 minutos)

Hola,

Visité el blog de http://cierzo-vientosdeleste.blogspot.com y vi que tenía temas de música, artistas y más así que les mando una canción que compuse hace un par de meses llamada - MADRE OSA - https://www.youtube.com/c/RAFOmx
Espero que les guste mi nueva canción. Me dedico a componer rock con dream pop y en español y esta canción que les mando la terminé hace poco.
Igual si es posible y la pueden compartir estaría bien, si no no hay problema.

Muchas gracias por su atención,
atte, - RAFO

RAFO
Guadalajara, México






jueves, 22 de noviembre de 2018

Tonino Guerra

LOS MOLINOS ABANDONADOS

Tengo que entrar un día
hasta el fondo de la cueva en la montaña
donde mana el agua que va al Marecchia
y mirarme en ella.

Tengo que ir a husmear
en los molinos abandonados
donde los carboneros con las manos negras
partían el pan caliente
y se lo comían con queso.

Allí estarán las ruedas quietas
y en las paredes las alcayatas blancas de harina,
pero el aire que mueven las mariposas
tendrá el olor del pan
y de la vida que no muere nunca.

[Traducción: Juan Vicente Piqueras]


viernes, 12 de octubre de 2018

En defensa del no hacer nada

En defensa del no hacer nada
SIMON GOTTSCHALK


Foto: Pixabay

En la década de 1950, muchos teóricos temieron que, gracias a las innovaciones tecnológicas, los estadounidenses no supieran qué hacer con su tiempo libre.

Sin embargo, hoy, como señala la socióloga Juliet Schor, los estadounidenses están saturados de trabajo, dedicandole más horas que en cualquier otro momento desde la Gran Depresión y más que en cualquier otro país occidental.

Probablemente eso esté relacionado con el hecho de que el acceso instantáneo y continuo a la red se ha vuelto casi obligatorio, y nuestros dispositivos nos exponen constantemente a un aluvión de mensajes que claman: “Urgente”, “Últimas noticias”, “Para publicación inmediata”, “Se necesita respuesta CUANTO ANTES”.

Interrumpen nuestro tiempo libre, nuestro tiempo en familia e incluso nuestra conciencia.

A lo largo de la última década he tratado de entender los efectos sociales y psicológicos de nuestras crecientes interacciones con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, un tema que examiné en mi libro El yo terminal: la vida cotidiana en los tiempos hipermodernos (The Terminal Self: Everyday Life in Hypermodern Times).

En esta era de la conexión 24/7, la perspectiva de no hacer nada puede sonar poco realista e irracional.

Pero nunca ha sido más importante.

La aceleración por la aceleración

En una era de extraordinarios avances que pueden mejorar nuestro potencial humano y la salud del planeta, ¿por qué la vida cotidiana parece provocarnos tanta ansiedad?

¿Por qué las cosas no son más fáciles?

Es una pregunta compleja. Una forma de explicar esta situación irracional es algo llamado la fuerza de la aceleración.

Según el crítico teórico alemán Hartmut Rosa, los rápidos avances tecnológicos han hecho que la aceleración se convierta en el ritmo que marca los cambios dentro de las instituciones sociales.

Lo vemos en las fábricas, donde la producción “ajustada” exige máxima eficiencia y capacidad para responder ágilmente a las fuerzas del mercado, y en las aulas universitarias, donde los programas informáticos instruyen a los maestros sobre cómo “hacer que los estudiantes completen rápidamente” todo el temario. Ya sea en el supermercado o en el aeropuerto, los procedimientos se implementan, para bien o para mal, con un objetivo en mente: la velocidad.

La aceleración como fenómeno evidente comenzó hace más de dos siglos, durante la Revolución Industrial. Pero esa aceleración se ha acelerado. Regida por objetivos poco lógicos, estimulada por su propio impulso y encontrando poca resistencia, la aceleración parece haber engendrado más aceleración, en aras de la aceleración.

Para Hartmut Rosa, esta aceleración imita misteriosamente los criterios de un poder totalitario: 
a- Ejerce presión sobre las voluntades y acciones de los sujetos; 
b- es ineludible; 
c- es omnipresente; 
y es difícil de criticar y combatir. 
La opresión de la velocidad

La aceleración descontrolada tiene consecuencias.

A nivel ambiental, extrae recursos de la naturaleza más rápido de lo que pueden reponerse y produce residuos más rápido de lo que pueden ser procesados.

A nivel personal, distorsiona la forma en que experimentamos el tiempo y el espacio. Se deteriora la forma en que abordamos nuestras actividades cotidianas, deforma el modo en que nos relacionamos y erosiona la estabilidad del yo. En un extremo lleva al agotamiento y en el otro a la depresión. Cognitivamente, inhibe la capacidad de mantener una atención continuada y la evaluación crítica. Fisiológicamente, puede estresar nuestros cuerpos e alterar las funciones vitales.

Por ejemplo, la investigación detecta, en aquellos que trabajan frecuentemente en entornos de alta velocidad en comparación con aquellos que no trabajan en esos entornos, entre dos y tres veces más problemas de salud autodiagnosticados que van desde ansiedad hasta problemas para dormir.

Cuando nuestro entorno se acelera, debemos pedalear más rápido para seguir el ritmo. Los trabajadores reciben más correos electrónicos que nunca, un número que va a más. Cuantos más correos electrónicos reciba, más tiempo necesitará para procesarlos. Se le requiere que realice esta o aquella tarea en menos tiempo, que realice varias tareas a la vez, o que dedique menos tiempo a leerlos y responderlos.

La productividad de los trabajadores estadounidenses ha aumentado dramáticamente desde 1973. Lo que también ha aumentado de forma importante durante ese mismo período es la brecha salarial entre la productividad y el salario. Mientras que la productividad entre 1973 y 2016 aumentó un 73,7%, el salario por hora lo hizo solo un 12,5%. En otras palabras, la productividad ha aumentado aproximadamente seis veces más que el salario por hora.

Claramente, la aceleración exige más trabajo, ¿y con qué fin? El día tiene un número concreto de horas, 24, y ese gasto adicional de energía reduce las ocasiones para participar en las actividades esenciales de la vida: la familia, el ocio, la comunidad, la ciudadanía, los anhelos espirituales y el desarrollo personal.

Es un círculo vicioso: la aceleración impone más estrés a los individuos y reduce su capacidad para gestionar sus efectos.

No hacer nada y “ser”

En una sociedad hipermoderna impulsada por los motores gemelos de la aceleración y el exceso, no hacer nada se equipara con el despilfarro, la pereza, la falta de ambición, el aburrimiento o el “tiempo de inactividad”.

Pero esto delata una concepción bastante instrumental de la existencia humana.

Muchas investigaciones, y muchos sistemas espirituales y filosóficos, sugieren que alejarse de las preocupaciones cotidianas y pasar tiempo simplemente reflexionando o meditando es esencial para la salud, la cordura y el crecimiento personal.

De manera similar, igualar el no hacer nada con la no productividad revela una comprensión miope de la productividad. De hecho, la investigación psicológica sugiere que no hacer nada es esencial para la creatividad y la innovación, y la aparente inactividad de una persona podría en realidad cultivar nuevos conocimientos, ideas o melodías.

Según la leyenda, Isaac Newton comprendió la ley de la gravedad sentado bajo un manzano, Arquímedes descubrió la ley de la flotabilidad mientras se relajaba en su bañera, y Albert Einstein era conocido por quedarse mirando al vacío en su despacho durante horas.

El año sabático académico se basa en la idea de que la mente necesita descansar y poder explorar para que broten nuevas ideas.

No hacer nada o, simplemente, ser es tan importante para el bienestar humano como hacer algo.

La clave es equilibrar ambas actitudes.

Levantando el pie del pedal

Dado que probablemente sea difícil pasar de un ritmo acelerado a no hacer nada, el primer paso consiste en desacelerar. Una forma relativamente fácil de hacerlo es simplemente apagar todos los dispositivos tecnológicos que nos conectan a Internet, al menos por un tiempo, y evaluar lo que nos sucede cuando lo hacemos.

Investigadores daneses descubrieron que los estudiantes que se desconectaron de Facebook durante una semana comunicaron un aumento notable en su satisfacción vital y en las emociones positivas. En otro experimento, varios neurocientíficos que realizaron un viaje por la naturaleza relataron un mayor rendimiento cognitivo.

Diferentes movimientos sociales están abordando el problema de la aceleración. El movimiento Slow Food, por ejemplo, es una iniciativa popular que aboga por la desaceleración mediante el rechazo de la comida rápida y la agricultura industrial.

A medida que avanzamos, parece que no nos paramos a examinar seriamente la razón de ser de nuestras vidas frenéticas, y asumimos erróneamente que aquellos que están muy ocupados lo están porque participan en proyectos importantes.

Promocionado por los medios de comunicación y la cultura corporativa, este credo de actividad contradice tanto aquello que la mayoría de la gente en nuestra sociedad define como “la buena vida” como los principios de muchas filosofías que ensalzan la virtud y el poder de la quietud.

El filósofo francés Albert Camus quizás lo expresó mejor cuando escribió: “La ociosidad es fatal solo para los mediocres”.

Este artículo ha sido publicado et en The Conversation


domingo, 23 de septiembre de 2018

El silencio



SILENCIO Y SUEÑO: LAS DOS NECESIDADES DE LA MENTE QUE SE HAN VUELTO LUJOS 

26 Agosto 2016 


El sueño y el silencio se han vuelto productos de lujo, siendo necesidades de la mente y el alma, lo cual nos dice mucho de la época en la que vivimos


Vivimos en un mundo donde lujos, caprichos y fantasías son transformados en necesidades por la maquinaria mediática-económica. Creemos que necesitamos el nuevo iPhone, el cuerpo de una modelo de Victoria's Secret o la vida estereotípicamente feliz de una familia moderna. Mientras esto sucede cosas que realmente sí son necesarias, como el silencio y el sueño, se convierten en carísimos lujos que sólo algunos pueden pagar o que sólo algunos tienen la estabilidad mental necesaria para recordar su importancia, inmersos en el frenesí de estímulos y estrés de la realidad actual.

La confusión en la que estamos envueltos puede apreciarse por el hecho de que hasta hace algunos años dormir poco era considerado un signo de éxito y admiración, ya que significaba que una persona estaba muy ocupada, era importante y estaba mayormente transformando su tiempo en dinero. Esto todavía puede apreciarse en ciertos ambientes urbanos competitivos, como en Tokio, donde se practica el triste fenómeno del inemuri: dormir en el trabajo como símbolo de que la persona está entregada a su labor y está permanentemente disponible, por lo cual amerita mayor responsabilidad, promoción y salario.

En los últimos años estudios científicos han mostrado que prácticamente no hay nada tan dañino para la salud en general como consistentemente descuidar nuestro tiempo de sueño. Dormir mal --y esto significa cantidad de horas pero sobre todo calidad, lo cual tiene que ver con el silencio-- es casi equivalente a asegurarse que estamos apilando un fardo de enfermedades, estrés, mal humor y bajo desempeño. Puede que algunos sean más resistentes que otros, pero si una persona simplemente no le da mucha importancia a su sueño, esto acabará costándole muy caro en términos de salud.

En esto observamos una tendencia en la que se prioriza el dinero sobre la salud, se cree que el dinero puede resolverlo todo y se legitima entonces dormir poco --o en realidad cualquier actividad-- para ganar más dinero (el cual puede redimir cualquier cosa).


Vivimos en un mundo que se rige por la economía, una economía de crecimiento infinito en la que lo fundamental es generar más ingresos pero no necesariamente generar más prosperidad. En el afán de generar más ganancias, hemos atiborrado nuestros espacios de objetos ruidosos, de tecnología que perturba los ciclos naturales y de un imperativo moral de ser productivos.

Nuestra visión económica de la realidad opera de manera predatorial, en todos lados buscando extraer valor --aunque esto signifique explotar y saquear la naturaleza-- para seguir presentando resultados de crecimiento.

Esto ha llevado a que el sistema incluso haya convertido el dormir en un producto de lujo, habiendo antes orillado a los ciudadanos a llevar una vida de estrés y alta presión, en general poco conducente del sueño, en el intento de perseguir el otro sueño: el sueño del éxito, el sueño aspiracional de tener más cosas, el sueño americano, etc.

En estos casos de dinámicas todos pierden, el único que gana es el sistema capitalista y las grandes corporaciones que son entidades abstractas, cada vez más parecidas a algoritmos que operan más allá del control humano.

Dormir bien se ha convertido en un lujo y no se han tardado diferentes empresas y personalidades en capitalizarlo. La fundadora del Huffington Post, Arianna Huffington, ha embanderado la importancia de obtener las 8 horas diarias --lo que el médico ordenó-- y ha publicado The Sleep Revolution, un nuevo libro sobre este tema. El Huffington Post predice que los salones de siesta serán tan comunes como las salas de conferencias en las oficinas corporativas.

The Guardian detecta que empieza a haber un boom de productos y servicios relacionados al sueño y a su optimización; Un lugar como YeloSpa está cobrando a los ajetreados ciudadanos de las grandes urbes 1 dólar por minuto de sueño; existen nuevos "retiros de sueño", donde se pueden pagar hasta mil dólares por un par de días de terapia; nuevas innovaciones en el mercado de los colchones y camas en lo que se empieza a llamar "performance bedding", tecnología del descanso orientada a mejorar el performance de los individuos, así como también salones de sueño como antes salones de belleza (y es que el sueño se transforma también en coeficiente de belleza)



A la par se han generado numerosas aplicaciones y gadgets, como máscaras para dormir que monitorean ondas cerebrales y estados REM, y cuyo fin es hackear el sueño ideal para presentar una ventaja competitiva al ejecutivo moderno. Todo esto está siendo vendido sobre todo bajo la rúbrica de que el sueño tiene una función esencial: mejora tu desempeño y aumenta tu producción. Así tenemos un círculo o negocio completo.

Evidentemente pocas personas pueden pagar spas para dormir, o wearable tech de 200 dólares para mejorar su sueño y no todos tienen nueve asistentes como Arianna Huffington, para así poderse consagrarse a los brazos reparadores de Morfeo... y sin embargo, pocas cosas realmente son más importantes que dormir bien.

Dormir se ha convertido en un símbolo de estatus: dormir como un bebé... o dormir como una mujer blanca de perfil socieconómico A- o A+.

Estudios muestran que los pobres duermen peor que los demás y que las personas que mejor duermen --al menos en Estados Unidos-- son las mujeres blancas de clase alta. Dormir bien no se trata solamente de tener tiempo para dormir, es también necesario estar en el espacio adecuado --por ejemplo, un barrio donde no haya mucho ruido-- e incluso tener el cuerpo y la mente adecuada: una persona sometida a alto estrés, enferma o con distintos achaques difícilmente podrá dormir bien.

Cuando esto falla, es necesario tener la capacidad de abstraerse, de relajarse y hacer silencio. ¿Pero quién tiene tiempo para mantener una disciplina meditativa que le permita silenciar el ruido del mundo y paliar la altisonante locura colectiva, así como también silenciar sus propios pensamientos interpenetrados por las cuitas mundanas?

Esto, nos dirían las personas que duermen 5 o 6 horas diarias para trabajar más y poder ahorrar para comprarse un mejor automóvil, es un lujo.

La calidad del sueño, ese intangible en el reino de la cantidad, está relacionada con el silencio, lo cual también se ha convertido en un producto de lujo, reservado para los ricos o para aquellos dispuestos a abandonar las ciudades y las sociedades modernas, eligiendo una vida modesta, aislada y tranquila si bien teniendo que sortear las incomodidades de habitar lejos del gran supermercado o el gran centro comercial que es la urbe.

Al igual que el sueño, el silencio también está siendo pasado por un branding y toda una campaña de producto de lujo. Finlandia, por ejemplo, ha centrado su campaña para atraer turistas en promoverse como un lugar donde el silencio sigue existiendo.

Sabemos que vivir en lugares ruidosos se correlaciona con todo tipo de enfermedades, dese alta presión arterial a mayor propensión a la esquizofrenia y otras enfermedades mentales. Por otro lado, estudios recientes muestran que el silencio promueve la generación de nuevas células del cerebro o neurogénesis.




El silencio es importante también para las personas que tienen un interés en crecer --pero ya no económicamente sino espiritualmente.

Un estado de silencio, paz y relajación, son los requisitos para el funcionamiento correcto de la mente y la percepción precisa de la realidad, según filosofías como el budismo. El estado natural de la mente emerge cuando se logra cultivar el silencio --sorprendentemente la naturaleza de la mente no es la agitación, la aceleración o la excitación, es una amplitud más cercana a la vacuidad.

El silencio en este sentido es lo que nos permite sentir esta vacuidad de las cosas que es descrita también como radiante y como infinita potencialidad. Paradójicamente, al ciudadano moderno la vacuidad le produce horror y estrés y rápidamente busca llenar el espacio de objetos y el silencio de ruido.

El místico Valentin Tomberg escribe en sus Meditaciones sobre los arcanos del tarot que el silencio es el punto de partida para todo camino espiritual y por ello está asociado con la carta del mago, la cual simboliza "una concentración sin esfuerzo", la cual sólo es posible una vez establecido un silencio interno.

La concentración sin esfuerzo –es decir, ese lugar en el que no hay nada que suprimir y en donde la contemplación se vuelve tan natural como la respiración y el latido del corazón– es el estado de conciencia (i.e., pensamiento, imaginación, sensación y voluntad) de calma perfecta, acompañada de la completa relajación de los nervios y los músculos del cuerpo.

Es el profundo silencio de los deseos, las preocupaciones, de la imaginación, de la memoria y el pensamiento discursivo. Uno podría decir que todo el ser se vuelve como la superficie quieta del agua, reflejando la inmensa presencia del cielo estrellado y su armonía inefable. [...]

Con el tiempo, el silencio o la concentración sin esfuerzo se vuelve un elemento fundamental siempre presente en la vida del alma... Esta “zona de silencio”, una vez establecida, es un manantial del cual uno puede tomar tanto para el trabajo como para el descanso. Entonces tendrás no sólo concentración sin esfuerzo, también actividad sin esfuerzo.




El silencio interno nos permite no sólo dormir mejor sino también soñar mejor e iniciar experimentos controlados en el mundo onírico.

Creemos que las 8 horas que dormimos, la tercera parte de la existencia, son un desperdicio. Pero además de que cumplen con una importante función de restauración de la energía, aprendizaje y regeneración celular, sólo pensamos esto porque no recordamos nuestros sueños o no hacemos nada interesante ahí. Pero son numerosas las tradiciones que han practicado algún tipo de yoga de los sueños y han considerado el tiempo del sueño como un mismo contínumm, no algo dividido de la vigilia.

La clave en este sentido parece ser también el silencio; al haber calmado los pensamientos y ruminaciones del acontecer diario, se hace más fácil entrar al sueño en un estado de calma lúcida, de observación y de integración de la experiencia (ya no se divide nuestra vida como si todas las noches bebiéramos del río Leteo).

Esto se traduce en una mayor recordación --al no tener nuestra atención cautiva en un fenómeno obsesivo-- y a veces en la posibilidad de entrar en un estado lúcido en el que reconocemos que estamos soñando y que las experiencias oníricas son generadas por nuestra mente (una comprensión que podría ser llevada también a la vigilia).

El silencio es el estado fundacional que nos permite observar los fenómenos sin identificarnos con ellos y sin olvidarnos de lo que está sucediendo en el presente, aquí y ahora. En buena medida esto es así porque entrar en silencio es similar a crear una receptividad, un espacio y una apertura en la cual caben todas las cosas y desde la cual uno no colapsa sobre un fenómeno en particular; en el silencio no existen los ruidos externos o internos (pensamientos) que capturan nuestra atención y la llevan de excursión a la distracción de nuestros conceptos y recuerdos o temores.

Desde esta "zona del silencio" puede emerger la profundidad de la mente y del tiempo. En este sentido el silencio nos coloca en el estado original, en la quietud que paradójicamente nos integra con el flujo perpetuo de las cosas, ante el vacío que es la inagotable fuente creativa. El Maestro Wáng Xiāngzhāi (王芗斋) dijo: “Moverse poco es mejor que moverse mucho; no moverse es mejor que moverse poco; moverse estando inmóvil es el movimiento de la creación”.


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